A la entrada de la primavera empezaban a oirse sus voces. En ocasiones voces forasteras de las mujeres que arreglaban colchones pregonando su presencia por las calles del pueblo, ajustando precios y recogiendo citas del día y la hora. Vareadoras o colchoneras, así se llamaban. Aunque parecía una tarea fácil, no debía de serlo tanto, pues los dueños de los colchones lo daban a hacer a estas mujeres cada año, o cada dos años. Iban de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, vareando la lana de oveja de los colchones. El día que quedaba en ir la colchonera era todo un acontecimiento. Muy de mañana, se tendía el colchón en el suelo, a la puerta de casa, en un lugar soleado, se descosía la loneta y la lana quedaba al aire, se le daba la vuelta para ventilarla bien, después la vareadora armada con una vara llamada vara de colchón golpeaba la lana acolchando los pelotones duros, hasta quedar igualados y mulliditos. A continuación se colocaba la lona o tela exterior del colchón, con una aguja-colchonera larga y gruesa (como las de coser los botones de los tresillos y sillones tapizados), la enhebraban con cinta estrecha, cosían el interior del colchón, quedando así, sujeto y uniforme todo el grosor del acolchado. Y ya estaba listo y saneado. La tela de los colchones era de una especia de lona muy fuerte, de color blanco con rayas verticales de colores, más tarde, este tejido lo había también en estampado de flores de un solo tono. No todos los colchones eran de lana, había otros de calidad inferior, y por tanto mucho más baratos, y que no precisaban de las mujeres-colchoneras para su mantenimiento, se hacían con hojas de espadaña o de maíz. La hoja que envuelve la mazorca se ponía a secar y se rellenaba el colchón o colchoneta popularmente llamado “el jergón”.
La estilográfica.
Hace 5 días


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