lunes, 28 de noviembre de 2016

Los barros están secos y duros como piedras: Villabuena en la memoria


La tarde es como muchas tardes de invierno. Por los tejados y rincones de las calles donde no han llegado los rayos del sol empieza a brillar la escarcha perenne. Al solombrío las cortinas de chupiteles colgando de los canales siguen intactos. Y aquella telaraña del espino permanece helada, llena de cristales diminutos, como rebozada en azúcar y sal.

En estos días de Navidad, los niños esperamos impacientes la llegada del cartero; los familiares y amigos que viven en la capital nos felicitan las Pascuas enviando postales navideñas, cartas, participaciones de lotería y calendarios nuevos. Calendarios nuevos de la capital...

Los comercios del pueblo cambian los escaparates para la ocasión, ponen cajitas de anguilas, cartas de Reyes, pañuelos moqueros, cajas de pinturas Alpino, sacapuntas nuevos en forma de tele, plumieres, calcetines, postales de Navidad troqueladas y con brilla brilla, colonias, Angelitos y Vírgenes de azúcar que brillan como piedras preciosas. ¡Cuánto nos gustaba ir a ver los escaparates de Navidad!
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Fragmento de Crónicas a la Luz del Candil

jueves, 17 de noviembre de 2016

Villabuena en la memoria: Noches de invierno



En las noches interminables del invierno aprendíamos de la sabiduría de nuestros mayores como si estuviéramos asistiendo a las clases de la escuela, en una escuela especializada, donde se acumulaban todos los conocimientos trasmitidos de generación en generación, toda esa experiencia que nos traspasaban con su cultura vívida de padres a hijos, de hijos a nietos. Ese aprendizaje se quedaba adherido a los huesos, a la mente, al alma, y te hace echar raíces en un suelo firme, raíces tan profundas que fueras donde fueras, crecieras cuanto crecieras te harán volver irremisiblemente. A pesar de la dureza del clima, de la vida sacrificada y austera. Pero una vida tan rica en valores humanos. Valores que te traerán una y otra vez de vuelta a tus orígenes contagiado por el amor a la tierra, contagiado por el amor a los tuyos.

Cuando acababa la noche de tertulia, los padres nos envolvían en las toquillas y nos llevaban en brazos a casa. En el trayecto de casa a casa, los niños nos quedábamos mirando las bombillas de todas las esquinas, nos llamaba mucho la atención verlas alumbrar entre la niebla espesa que tamizaba los destellos de luz en un aura, circular e inquietante, que hacía que nos acocháramos más fuerte entre los brazos de nuestros padres.
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Fragmento de Crónicas a la Luz del Candil

La influencia de de la ciudad deToro

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