lunes, 30 de enero de 2017

Al humor de la lumbre: Villabuena en la memoria



















<<... Al resguardo del frío, al humor de la lumbre, el hogal era el punto de encuentro, el recibidor de invierno. En el hogal tenían su rincón las conversaciones más trascendentes, contaderos de leyendas, de historias, de casos...

Al humor de la lumbre las mujeres hacían punto.
Al humor de la lumbre se escogían alubias, garbanzos, patatas.
Al humor de la lumbre se pelan almendras, se "estita" a mano el maíz amarillo mazorca a mazorca.
Al humor de la lumbre jugábamos los niños.
Al humor de la lumbre se asaba remolacha azucarera, patatas y chorizo.
Al humor de la lumbre se tostaban rebanadas de pan pinchadas en un tenedor.
Al humor de la lumbre se hacían garbanzos salados y se tostaban almendras.
Al humor de la lumbre se hacían palomitas de maíz de trigomillos blancos que, en pocos minutos al rescoldo, palomita a palomita, empezaban a saltar sobrevolando el hogal.
Al humor de la lumbre se hacían bizcochos en cazuela subidos a la trébede.
Al humor de la lumbre zascandileaba el gato en busca de calor y atraído, además, por el olor del guiso. Después se plantaba cerca del fuego y al momento lo veías ahí pasando las horas, acurrucado y soñoliento acomodado en el hogal, tan cerca de las brasas, que hasta llegaba a prendérsele la cola. Y ni por esas dejaba de volver al hogal a que le tentara el sueño al calorico, a comiscar algo y a quedarse tan, placenteramente, dormido sobre los ladrillos calientes.
-Mira a ver..., que huele a chamusquina.
-¡Sape! ¡Sape...!
-A ver si se chisca y sale ardiendo el animal...,mecagüendioro.
Y, el gato, abre a medias un ojo, lo vuelve a cerrar, y sigue durmiendo como si no fuera con él...>>
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Fragmento de Crónicas a la Luz del Candil


lunes, 23 de enero de 2017

Las Candelas (el origen) Villabuena en la Memoria



Hoy el día Las Candelas
el segundo de febrero
sale La Virgen a Misa
con su Divino Cordero

Y esas tórtolas que vuelan
por-cima de tu corona
es un regalo que te hace
la señora Mayordoma

(Sr. Jaime Gómez)

El origen de la fiesta de la Candelaria o de la Luz, en sus primeros tiempos, era conocida con el nombre de "El Encuentro" Más tarde se extendió a Occidente en el siglo VI llegando a celebrarse en Roma con carácter penitencial. Más tarde se uniría a la liturgia de la Presentación de Jesús en el Templo asociada a los cirios, antorchas y candelas encendidas en las manos de los fieles.

Según el calendario o santoral católico se celebra el 2 de febrero en recuerdo al pasaje bíblico de la Presentación de Jesús en el Templo de Jerusalén y la purificación de la Virgen María después del parto para cumplir las prescripciones de la ley del Antiguo Testamento. La fiesta es conocida con diversos nombres; la Presentación del Señor, la Purificación de María, la fiesta de la Luz y la fiesta de las Candelas.

Cristo la Luz del mundo presentado por su Madre en el Templo viene a iluminar a todos como la vela o las candelas, de donde se deriva el nombre de "Candelaria"

La fiesta de las Candelas empezó a celebrarse con un carácter mariano en el año 1479.
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Fragmento de Crónicas a la Luz del Candil

sábado, 14 de enero de 2017

Vueltas alrededor de la Iglesia

Bendición de animales

Nos contaban los abuelos que los 17 de enero se iba a dar vueltas a las inmediaciones de la Iglesia a bendecir a los animales. El ganado de labranza iba con sus arreos más bonitos, haciendo sonar cascabeles en los adornos. Las crines bien cepilladas o recogidas en trenzado con cintas de colores. Estrenaban mantas, sus mantas burgalesas, nuevas, para aguantar mejor la crudeza del invierno.

Este día le poníamos un pienso más rico por ser su fiesta. A las gallinas le echábamos conchilla en la avena y las mulas empezaban la bola grande de sal que habíamos comprado en el comercio del pueblo. Se la poníamos en el pesebre y las mulas lamían como si fuera una golosina de caramelo blanco. Como críos, nos gustaba mirarlas cuando estaban en la cuadra dando lengüetazos a la bola de sal. Nuestros ojllos no legaban a la altura del pesebre y teníamos que ponernos de puntillas, para poder mirar un poco más alto nos rescolgábamos de los bordes del pesebre.

El cariño que le teníamos a los animales de labranza era muy grande. Los niños sabíamos que trabajaban mucho, que trabajaban para nosotros para darnos de comer y para poder comprarnos las cosas.
Que iban todos los días al campo y a la huerta con los padres a ganar el pan.
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Fragmento de Crónicas a la Luz del Candil


jueves, 5 de enero de 2017

... Todos los zapatos relucientes


<<... Nos pasábamos buenos ratos mirando chimeneas, por dentro y por fuera, calculando la anchura, a ver si podían caber por allí los tres magos, o uno solo, o qué. Y ¿cómo van a entrar a la casa de ese niño que le han puesto la cocina económica y la chimenea es un tubo estrecho que además va cerrado? Qué mal..., hasta que dijo su madre que esa noche tendrían que dejar la puerta entreabierta.

Teníamos más que aprendido, que la noche del cinco de enero, había que poner los zapatos en el hogal, los zapatos más nuevos, sin rastro de barro, bien limpios, todos los zapatos relucientes.

Sabíamos también que había que irse a dormir un poco más temprano, y que no valía mantenerse despierto, porque si no, los Reyes no pasaban por tu casa, y aunque pasaran, como oyeran un ruido de esos como si estuvieras despierto o acechando, se iban inmediatamente y se llevaban los regalos, y solo te dejarían carbón o nada, igual que si te hubieras portado muy mal.

Aún así, en la mañana de Reyes siempre había quien aseguraba que había oído como "relinchar" a un camello, o unas pisadas, o que alguien dejaba un vaso o un plato sobre la mesa. Y, bueno, tampoco había que olvidarse de dejar agua y un poco de paja con unos granos de cebada para los camellos, y un poco de leche con bollos, galletas o turrón para los Reyes, porque tenían que ir reponiendo fuerzas durante la noche, para aguantar el frío y poder con todo el trabajo que debían tener.

Las sensaciones que a cada cual nos llenaban de regocijo, no hace falta que las mencione, además no me atrevo, cada uno guardamos en nuestra memoria infantil aquellas mañanas de júbilo, aquellos días de Reyes irrepetibles en el tiempo...>>
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Fragmento de Crónicas a la Luz del Candil

... Una tarde de estas

- foto actual de Eduardo Calzada -
<<... Una tarde de estas salíamos de la escuela con el cabás en una mano y la estufa infantil, donde ya agonizaba el calor, en la otra. Las manos dentro de las manoplas de lana. Los pies fríos, a pesar de llevar calcetines gordos de lana y zapatillas de paño. El cuerpo a punto de entrar en tiritona, a pesar de las camisetas de interior, del viso, del refajo de punto inglés o de fino paño, del cancán, de faldas o vestidos de tejidos de invierno, de jerséis y rebecas de lana gorda, de la chalina, de la trenca o del abrigo con capucha.

Una tarde de estas, en el camino de la escuela a casa, al dar la vuelta a una esquina, te encontrabas con que, toda la calle, olía a fritura de adobo. En alguna de las casas las madres estaban haciendo la conserva ayudadas por las mujeres de la familia.

¡Había empezado el tiempo de la conserva!

Una tarde de estas, llegábamos a casa y habían descolgado el adobo, lo habían troceado en raciones individuales y en el orden que las madres y las abuelas sabían. Primero unas piezas, luego otras, pasándolas por la sartén: desprendiendo uno de los aromas más exquisitos que se puedan tener grabados en la memoria.

Una tarde de estas, llegábamos de la escuela tiritando de frío. Entrar en casa y encontrártela más caliente que de costumbre con ese olor a chorizo frito... Una tarde de estas era como estar de mondongo otra vez. Un mondongo que solo duraba un rato, un mondongo de media tarde. Esa era la impresión que te daba al entrar en casa, la cocina llena de cacharros grandes de teja, de baños y ollas, donde se iba colocando  todo.

La tarde de la conserva era una tarde gloriosa, una tarde como de fiesta, y alegre, como las tardes de las vísperas de la Nochebuena...>>
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Fragmento de Crónicas a la Luz del Candil

lunes, 26 de diciembre de 2016

A la hora de la merienda: Villabuena en la memoria


A la hora de la merienda, las madres nos decían:

-Coger tres huevos y los lleváis a cambiar por un cuarto de membrillo o media libra de chocolate.

Todavía recuerdo lo ricas que nos sabían aquellas meriendas conseguidas con "trueque" Aquellas meriendas dulces que tanto se hacían desear, que tanto se hacían esperar.
Por llevar no sé cuántos cascos vacíos, de cristal, en el comercio nos daban unas golosinas, o un cucurucho de castañas "pilongas" o un cucurucho de "paciencias".

(El precio a granel de las desaparecidas Paciencias, en una exclusiva tienda de ultramarinos en La Plaza Mayor de Madrid, en el año 2012 era de 15 € el kilo)

Me encontré con ellas en el escaparate de esta tienda de alimentación. No pude por menos de no pasar y comprarme cien gramos. He de confesar que junto con la alegría que me supuso encontrarme con ellas, empecé a sentir algo de arrepentimiento al comparar los precios de antes con los de ahora. Pero, es que creo..., creo que no solo compré las Paciencias. Compré además, un poco de tiempo del pasado. Y supe que era eso lo que más había encarecido el paquetito de cien gramos a granel.

El tiempo era lo más caro. Y yo, indirectamente, cometí la osadía de querer comprar esa porción de tiempo.

El nombre, el color, la forma, el olor y el sabor, eran exactamente igual a cómo yo las recordaba, y eran también el regusto del hallazgo mezclado con cierta nostalgia.

Hacía casi cincuenta años que no las había vuelto a ver por ningún lado. Ni sabía ya nada de su existencia. Y deduzco, que el tendero también lo sabía. Él sabía todo esto. Sabía, que, además, en el mismo paquete, iba incluido un trozo de tiempo. Uno de esos trozos que te hacen regresar al pasado
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Fragmento del libro Crónicas a la Luz del Candil



domingo, 18 de diciembre de 2016

El sumarro en la cena de Nochebuena



En el pueblo reina la helada, las capas de escarcha pintan el suelo de blanco, después la noche la hace brillar como si alguien hubiese derramado por el suelo unos paquetitos de polvos brilla brilla. El humo de las chimeneas llena las calles de olor a cena de Nochebuena. En el Nacimiento colocado en la repisa de la ventana, las figuritas de papel recortable, tiemblan al aire que se cuela por la rendija del cuarterón.

A media tarde en las brasas de la lumbre que se han ido haciendo a intención, las madres han puesto una trébede o una parrilla. Han descolgado el sumarro en adobo que se oreaba colgado de un varal al frío de diciembre, lo limpian, lo abren un poco más, le dan unos cortes en la parte superior y lo colocan sobre la trébede que se vaya asando al calor de las brasas incandescentes.

Durante horas habrá que cuidar la lumbre y las brasas para que la temperatura siga uniforme y moderada y habrá que cuidar del sumarro, ahora volviéndolo de un lado luego volviéndolo del otro hasta que se termine de asar que será justo a la hora de la cena.

De cuando en cuando, unas gotas de grasa chisporrotean el hogal. A los que están sentados al humor de la lumbre los levanta de un brinco y los hace retirar la sillas al temor de los chispazos. Pero todo queda en risas

Los niños, bien abrigados, alborotamos dentro y fuera de casa, yendo y viniendo a calentarnos los pies y las manos, andando y desandando las calles impregnadas de ese olor a Navidad que sale por las chimeneas. Nos quedamos pegados al cristal de los escaparates del comercio sin sentir el frío que acusan los pies, las manos y las caritas escareadas. Todos cantando villancicos y poniéndole música con las modernas panderetas de plástico decoradas con motivos navideños, otro niño toca, orgulloso, la zambomba que él mismo se ha hecho con un trozo de la vejiga del cerdo.
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Mientras, se ha ido asando el sumarro de la cena de Nochebuena sin pensar en si es o no una cena saludable, solo disfrutándola. Bendito sea.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Quintos: en la noche de Nochevieja pedían, de casa en casa, los "estilos y costumbres"



- Campamento Monte la Reina. Zamora año 1960 -

"...Amanecía el primero de enero. El Día el Año. Este día continuaba la fiesta de quintos. A los niños nos despertaban los tintineos de almerez y las voces de los quintos pidiendo el aguinaldo, cantando con el tono de siempre, letras de canciones diferentes que ellos mismos sacaban cada año según iban entrando en quintas.

Buenos días buenos años
a tu puerta hemos llegado
si quieres que te cantemos
sácanos el aguinaldo.

A tu puerta hemos llegado
cuatrocientos en cuadrilla
si quieres que nos sentemos
saca cuatrocientas sillas.

Marchaban los quintos, de calle en calle, bien abrigados y calzados con sus leguis, típicos, de material duro. Los mayores, orgullosos, de verlos, hablaban "cómo pasa el tiempo, ya ves, dentro de nada ya los tenemos sorteaus

Hablan de cuando ellos hicieron la mili -para mili mili, la de antes, de años y años- Hablan de los que iban por milicias, de los reemplazos a África, con lo cerca que tenemos Monte la Reina me cagüen tal... Hablan de cuando ellos iban a oír el sorteo, del que se iba voluntario poder aprender un oficio o estudiar, de los que se libraban porque coincidían con otro hermano o porque no tenían padre o por no dar la talla, o por tener los pies planos..."
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Fragmento de Crónicas a la Luz del Candil

jueves, 8 de diciembre de 2016

Villabuena en la memoria: Los cuentos de miedo daban más miedo


"Hoy no vendría nadie a casa después de cenar, ni nosotros saldríamos a ningún lado. La anochecida se había puesto muy mala. Se había levantado ese airón que mete a la gente en casa. No hace noche de visitas. El frío y el aire se adueñan de la calle. La fuerza con que sopla hace sonar las puertas viejas. Ruge y silba alrededor de las casas y se hace oír empujando sus lamentos por el hueco de la chimenea como bramidos lejanos.

"Zumba sumbeiro, que yo buena obrigadiña me tengo"
      Decían los mayores para sacudirnos el miedo.

Con el aire, la luz eléctrica iba y venía a su antojo. No se podía coser, ni leer, ni hacer punto, ni dibujar. Hasta la hora de irse a dormir solo se podía hablar y contar cuentos.

A la luz del candil y al resplandor de la lumbre, las sombras se movían con el titileo de las llamas. Los cuentos de miedo daban más miedo y los cuentos de risa daban menos risa, pero sí nos entretenían y hacían que desviáramos la atención de los sonidos del viento"
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Fragmento de Crónicas a la Luz del Candil

lunes, 5 de diciembre de 2016

Casas de tapial: Villabuena en la memoria XVII



Las casas de piedra y pizarra se construían en las zonas donde proliferaban estos materiales.

En el valle del Duero, en las zonas llanas de las riberas, predominaban las casas de tapial o adobe con armazón o tejado vegetal; como vigas de madera, cañizo, junco, carrizos y por encima  una capa de barro amasado con paja, cubriendo el acabado del tejado para terminar con la reconocida, agradecida y todavía actual teja árabe.

Muchos nos hemos preguntado por qué en las casas de antes, las de nuestros bisabuelos y tatarabuelos construidas allá por el s.XIX  ¿Por qué para entrar en estas casas había que bajar unos cuantos escalones aunque estuviesen construidas en suelos llanos?

Tanto los suelos de los pajares, paneras y casas, sin cimentar, se escavaban para sacar la tierra con la que construir el tapial, las paredes maestras más anchas en su parte baja y adelgazadas según iban tomando altura. La base de la casa asentaba en una hondonada similar a cuevas o tudas. Apenas tenían algún ventanuco, que no ventanas porque por ellas se colaba el frío y el calor y además había que"vestirlas" tapar los huecos; querían decir que era un gasto tener que comprar marcos ventanas  cuarterones...visillos, cortinas, cortinones...

Estas casas excavadas se las fabricaban los moradores,se ayudaban entre unos cuántos hombres. En ocasiones, se topaban con manantiales, y si les resultaba imposible hacer un desvío del agua, enterrar, entoñar, o controlar el manantial haciendo un pozo para el consumo, tenían que desistir de la construcción de la casa y buscarse otro sitio.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Los barros están secos y duros como piedras


La tarde es como muchas tardes de invierno. Por los tejados y rincones de las calles donde no han llegado los rayos del sol empieza a brillar la escarcha perenne. Al solombrío las cortinas de chupiteles colgando de los canales siguen intactos. Y aquella telaraña del espino permanece helada, llena de cristales diminutos, como rebozada en azúcar y sal.

En estos días de Navidad, los niños esperamos impacientes la llegada del cartero; los familiares y amigos que viven en la capital nos felicitan las Pascuas enviando postales navideñas, cartas, participaciones de lotería y calendarios nuevos. Calendarios nuevos de la capital...

Los comercios del pueblo cambian los escaparates para la ocasión, ponen cajitas de anguilas, cartas de Reyes, pañuelos moqueros, cajas de pinturas Alpino, sacapuntas nuevos en forma de tele, plumieres, calcetines, postales de Navidad troqueladas y con brilla brilla, colonias, Angelitos y Vírgenes de azúcar que brillan como piedras preciosas. ¡Cuánto nos gustaba ir a ver los escaparates de Navidad!
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Fragmento de Crónicas a la Luz del Candil

jueves, 17 de noviembre de 2016

Villabuena en la memoria: Noches de invierno



En las noches interminables del invierno aprendíamos de la sabiduría de nuestros mayores como si estuviéramos asistiendo a las clases de la escuela, en una escuela especializada, donde se acumulaban todos los conocimientos trasmitidos de generación en generación, toda esa experiencia que nos traspasaban con su cultura vívida de padres a hijos, de hijos a nietos. Ese aprendizaje se quedaba adherido a los huesos, a la mente, al alma, y te hace echar raíces en un suelo firme, raíces tan profundas que fueras donde fueras, crecieras cuanto crecieras te harán volver irremisiblemente. A pesar de la dureza del clima, de la vida sacrificada y austera. Pero una vida tan rica en valores humanos. Valores que te traerán una y otra vez de vuelta a tus orígenes contagiado por el amor a la tierra, contagiado por el amor a los tuyos.

Cuando acababa la noche de tertulia, los padres nos envolvían en las toquillas y nos llevaban en brazos a casa. En el trayecto de casa a casa, los niños nos quedábamos mirando las bombillas de todas las esquinas, nos llamaba mucho la atención verlas alumbrar entre la niebla espesa que tamizaba los destellos de luz en un aura, circular e inquietante, que hacía que nos acocháramos más fuerte entre los brazos de nuestros padres.
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Fragmento de Crónicas a la Luz del Candil

miércoles, 12 de octubre de 2016

Villabuena en la memoria XVI: Letras doradas "Singer"



Un día llegó al pueblo y después a casi todas las casas del pueblo, le reservaron sitio en la ventana de la habitación grande, ahí la colocaron pegada a su fuente de luz natural. En sus aposentos descansa silenciosa sobre sus patas de hierro forjado. El vaivén del pedal está quieto protegido con una alfombrilla estampada con dibujos de caballos. La tapa curvada de madera brillante guarda y protege, bajo llave, la cabeza metálica lacada en negro con letras doradas "Singer" dicen esas letras. A su derecha el cajón, largo y estrecho, donde se guardan hilos tijeras lentes de coser, una correa, agujas de repuesto y varias canillas. Al otro lado tiene su sitio la puntiaguda aceitera, unas gotas de aceite como único alimento a lo largo de su vida eterna. Ya cosía para la abuela, ha cosido para unas cuántas generaciones; faldas y vestidos, camisas, chaquetas, camisones, sábanas y manteles, cremalleras, pantalones, cortinas...

-Sí, María sí que está en casa, porque cuando he pasado hace un momento por delante de su puerta, se oía la máquina de coser.

Al volver de la escuela, ya llegando a casa se oía la máquina de coser, ya sabíamos que las madres estaban en casa, ese sonido nos anunciaba a distancia, incluso antes de llegar a la puerta que nuestras madres ese día no estaban trabajando en el campo, recuerdo la alegría que daba ese sonido y la soledad del silencio de los otros días cuando, al llegar, la casa estaba vacía y no podíamos entrar por el portal pidiendo la merienda y vociferando; ¡mira madre lo que he hecho hoy en la escuela, mira qué dibujo, mira que dictado, mira los deberes que nos han puesto hoy y, mira todos los cromos que he ganado en los recreos...!

La máquina de coser sonaba como uno de esos chaparrones, deseados, al ritmo de la intensidad del pedal y a los niños, ese sonido, se  nos hacía que la casa estaba encantada y llena música, de música bonita, como de villancicos.


☆ La máquina "Singer' utensilio de la alta costura rural, años 40, 50. 60, del siglo XX.




... entre otros utensilios ... 

... a la memoria del tiempo ...



jueves, 6 de octubre de 2016

Villabuena en la memoria: Toro, esa nave nodriza



Toro era la ciudad a la que acudíamos las gentes de los pueblos aledaños a trabajar, a comprar y vender, recuerdo haber oído contar que se pagaba un impuesto llamado"pontazgo"cuando se salía de la ciudad ya con las compras hechas a la salida del puente y portazgo cuando el impuesto se pagaba por pasar por una "puerta" ¿?  ejemplo por la actual Puerta de Corredera

Toro nos surtía de ropa de vestir, de calzado de a diario y de fiesta, de semillas, abonos químicos, el mineral, aperos de labranza, planta para la huerta..., comprar un reloj despertador, de pared,  de pulsera o arreglar el que se había estropeado, se compraba el ganado de labranza y los animales de corral, recuerdo aquel escaparate, debajo el arco el reloj lleno de pollitos, recién nacidos, de color amarillo que se amontonaban alrededor de una bombilla como único foco de calor en aquel "semillero" de futuras gallinas ponedoras y de orgullosos gallos kikirikís.

A las ferias de ganado de los días diez o veinticinco de cada mes se llevaban a vender los tostones, burros, mulas, caballos, yeguas, aparejos, trastes, herramientas de campo y de la huerta...  En Toro te hacían las fotos (cuando se trataba de las fotos del carnet de identidad iba el fotógrafo al pueblo) En el estudio de fotografía "Parra" hacían las ampliaciones, las fotos de estudio y los recordatorios. A Toro se iba a la modista y al sastre, a hacer papeles, a gestionar la cuenta del banco, a comprar los muebles de las vistas, a comprar los figurines las telas y paños para confeccionar en casa la ropa de vestir, se compraba la ropa de cama, mantelerías, lanas de tejer, las alianzas de boda y tantas, tantas cosas más...

Toro formaba  parte de la vida de muchas generaciones no solo de nuestro pueblo sino de todos los pueblos aledaños era como una nave nodriza surtiendo de todo lo necesario y de lo superfluo también. Ir a Toro era como un día de fiesta para los niños aunque los niños no viajásemos apenas hasta Toro, el hecho de que los padres y madres fueran a Toro significaba alguna cosa extra; un bollo, un muñeco pequeño, un cuento, un tebeo, un"chiche"golosina... Recuerdo aquellos bollos llamados suizos, que a día de hoy siguen existiendo... ¿Qué te ha traído tu madre o tu padre de Toro? Nos preguntábamos unos a otros y los mayores nos decían, "hoy buen día ¿verdá? que está tu madre forastera" Estar forastero significaba que se había ido ese día a Toro.

Los viajes a Toro se hacían  en burro, a caballo,  en carro de mulas, andando con la alforja al hombro, en bici, en coche de línea o subidos en la baca del coche porque, allá arriba, sentados entre los bultos y las maletas solo se pagaba medio billete. Casi todos llevaban la comida de casa, como cuando se iba al trabajo en el campo, en Toro se comía en las mesas de los bares con solo pagar la bebida, se sentaban a la mesa  y sacaban su fiambrera.

En las posadas de Toro descansaban y se guardaban los animales con los que se  había hecho el viaje, allí se les daba agua, le echaban un pienso o se le ponía la cebadera y pasaban el día en los establos de las posadas hasta que sus amos terminaban los quehaceres, encargos y recados que los habían llevado a  la ciudad. 

domingo, 2 de octubre de 2016

Villabuena en la memoria XIV: La azucarera del Duero


Una gigantesca nube corona las chimeneas de la fábrica y sobrevuela la cuenca del  Duero, la columna de vapor coge altura y puede verse desde la carretera y desde muy lejos. Cuando niños cuesta imaginar que esos chorros de humo blanco sean consecuencia de la obtención de jarabes, alcohol, azúcar, pulpa etc., y cuesta creer que las remolachas salgan de esas semillas que más parecen sopa de estrellitas de corcho apelotonadas y pegadas unas a otras.




A la azucarera se va en turnos rotativos. A los más pequeños nos resulta extraño que los padres no duerman en casa porque haya un trabajo que hacer durante las noches. Había hombres que hacían el camino andando hasta Toro, otros en bicicleta. Y aquella noche nevada en que los hombres no podían faltar al trabajo -porque una fábrica no puede parar- decían. Y aquella noche y más noches tuvieron que salir al trabajo con el suelo nevado pedaleando en su bici. A los niños nos daba mucha pena aunque los hombres decían que dentro de la azucarera no se pasaba frío, que solo era el frío del camino, que allí dentro de la fábrica hacía muy bueno que hacía hasta calor.

Poco tiempo después pusieron un autocar que recogía a los trabajadores a la puerta de la Iglesia en todos sus turnos. Lo contentos que iban los hombres, como de lujo, decían, y los niños conciliábamos mejor el sueño, mucho mejor que las otras noches cuando las nevadas, los silbidos del viento helado o cuando llovía que, no parábamos de pensar en todos esos padres a la intemperie de la noche camino de la azucarera y nosotros, mientras, en la cama calentitos. Menos mal que hacían ya el camino a cubierto y cómodamente sentados.



La Azucarera del Duero, en Toro, pluriempleaba a los jornaleros del campo y en ocasiones, según necesidad, a los que no eran jornaleros y necesitaban igualmente pasar el invierno, el largo y crudo invierno castellano en el cual se helaban hasta las palabras.
Aquellos sobres pequeños, de papel marrón, que contenían la paga semanal de los obreros del azúcar suponía que las familias podían pasar el invierno económicamente más aliviadas, más tranquilas y hasta podrían permitirse alguna que otra compra para Navidad y Reyes.

martes, 27 de septiembre de 2016

En tiempo de uvas: Villabuena en la Memoria




Según vinieran las viñas ese año, más tempranas o más tardías, entre septiembre y octubre quedaban vendimiadas.  Las casas que tenían mucho viñedo contrataban vendimiadores, incluso de pueblos forasteros, porque en el nuestro andaba todo el mundo ocupado en recoger sus propias uvas y después, las pocas de unos y las un poco más de los otros.

Las cuadrillas grandes de vendimiadores forasteros, entraban en el pueblo subidos entre los cestos llenos de los remolques, de los pocos remolques que por aquel entonces empezaban a verse.  Entraban cantando, como si hubieran salido de un largometraje musical, de esos en que aparece sólo gente joven en constante diversión.  Traían el pelo, la cara y la ropa  con las señales propias de haberse llevado y lavado unas cuantas lagaradas a lo largo de la jornada.

Por casa se andaba preparando todo para salir al majuelo la Portilla o al teso Redondo.  Las mulas enganchadas al carro, los cestos, los cuévanos, las cestas pequeñas, mandiles y tranchetes.  Los tranchetes eran como hoces chiquitinas que cortan muy bien los racimos, aunque habíamos aprendido a cortar apretando con lo dedos en sentido contrario en uno de lo nudos del tallo del racimo, haciendo fuerza hasta que chascara, pero se cortaba más fácil y más rápido dándole un corte con el tranchete.








Todavía recuerdo las bodegas del pueblo con la piedra de lagar apoyada en el suelo y calzada con más piedras, tierra, troncos o lo que hiciera falta, porque pesaba mucho, y siempre parecía que iba a echarse a rodar.  Aquella enormidad de piedra en forma circular era la que, en otros tiempos, aplastaba las uvas en los lagares, nunca pude entender cómo lo hacían para manejar semejante tamaño, pero, por entonces ya no se usaban, estaban a la puerta de las bodegas como abandonadas.

Poco después de haber finalizado la vendimia, las bodegas aparecían con las tapas de las zarceras recorridas y las puertas abiertas, casi todas a la vez, porque a la vez había sido la vendimia y a la vez se habían puesto a pisar las uvas en las cubas y a elaborar el vino.  Decían que había que dejar las bodegas abiertas, porque el vino en su proceso de fermentación desprende el vaho que es como un gas muy peligroso que se "come" el oxígeno y había que dejar ventilando hasta que dicho proceso finalizara y no quedara nada de ese vaho tóxico en las bodegas.
  
Recuerdo que para hacer esta prueba del vaho, tenían que bajar a la bodega con una vela o un candil encendidos, y si se apagaba la llama, tenían que salir a escape a la calle, porque significaba que allí abajo no había oxígeno.  Normalmente al llegar a mitad del cañón de la bodega ya se tenían que salir porque se apagaba la llama.  Cuando la llama permanecía encendida, siginificaba que ya no había vaho, que ya se podía estar tranquilamente dentro de la bodega.




Y, recuerdo cuando envasaban el excedente de vino que se vendía a La Rioja.  Los hombres salían de las bodegas con la carga de vino a cuestas, en aquellas odres o pellejos que utilizaban para el trasiego.

La vendimia era, sin duda, el trabajo más bonito del campo, al menos eso nos parecía a los niños.  Recuerdo lo mal que le sentaba a la maestra cuando faltábamos a la escuela, no más de una mañana o una tarde o un día o dos, por haber ido a vendimiar ¡Con lo bien que lo pasábamos nosotros...!

No faltaban las lagaradas por sorpresa embadurnándonos a base de bien unos a otros, aunque inmedatamente teníamos que lavarnos y echarnos agua por encima intentando quitar todos aquellos manchurrones pegajosos si no queríamos que luego nos comieran las avispas.  

En blanco y negro las noticias y documentales del NO-DO en la pantalla del cine Norte nos mostraban otro año más, los trenes plagados de jornaleros: hombres, mujeres y niños que se aventuraban a salir desde Andalucía hasta el sur de Francia, pues, una vez terminada la recolección de la cosecha del verano, veían peligrar su sustento para pasar el largo y duro invierno. Un franco catorce pesetas, seguía diciendo el nodo.



En el pueblo, esta noticia la miramos con cierta distancia, en estos trenes no iba nunca gente de nuestro entorno, hasta aquel año que debió ser muy mal año, porque se fue gente del pueblo a la vendimia francesa, cuando, nunca antes, nunca, que se oyera, había acudido nadie.  Recuerdo verlos volver en menos de dos  meses, con aspecto cansado, como envejecidos, con unas arrugas en la frente que hace bien poco no tenían.  Se le veía como tristes. Pero, estaban tranquilos, decían, porque el invierno pasaría mejor de lo esperado para su familia, gracias a esta vendimia de un franco catorce pesetas.
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Fragmentos del libro "Crónicas a la Luz del Candil"

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Villabuena en la memoria XIII - Flores en el muladar, pastos, herbazales o praderas.


Merendera - montana,  Quitameriendas
Foto de Azucena García Ramos.
Flor "Quitamemeriendas" este nombre hace referencia a que, cuando florece, las tardes empiezan a ser más cortas y se empieza a cenar antes suspendiendo la merienda de nuestro menú diario. Otro nombre es el "Ahuyentapastores" o "Espantapastores" indicando que, al florecer, debían empezar antes a recoger el ganado, ya que las noches ganan tiempo al día. (Información recogida en Internet.)
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Recuerdo el color lila-morado de las eras que coincidía, casi siempre, con la bajada de temperaturas anunciando el otoño. Donde más florecían era sobre los pequeños restos de paja que habían dejado las máquinas de limpiar en las eras. Cuando estas flores estaban en su esplendor, el verano había quedado atrás, el tiempo era más fresco y ya casi todos íbamos de manga larga abrigados con el jersey o la rebeca de lana.

domingo, 5 de junio de 2016

La Iglesia y sus alrededores


-Callar a ver por quién doblan las campanas...

La torre del campanario coronada con una cruz y con el nido de las cigüeñas se divisa desde, casi, cualquier punto del pueblo y desde las afueras. Al toque de campanas se movilizaban los pueblos, las vidas de todos sus habitantes pasan por delante de la Iglesia ante la atenta mirada de los ojos del campanario. 

La Iglesia y sus alrededores era el centro neurálgico de los pueblos tanto los días de diario como los domingos, festivos, días de bautizos, comuniones, bodas y entierros. La Iglesia significaba mucho más que ir a Misa o al Rosario.

Las campanas tocaban a Gloria cuando morían niños, tocaban a fuego, tocaban al atardecer llamando al Rosario, repicaban a boda y a bautizo, repicaban en la misa Mayor de los domingos y festivos, repicaban al vuelo cuando las fiestas grandes, tocaban a misa rezada en la primera misa de los domingos y en la misa de diario, tocaban a misa de cabo de año, tocaban a muerto por el fallecimiento de una persona adulta, finalizando este toque con las señales de dos campanadas si el fallecido era hombre y tres si era mujer.

La gente distinguía perfectamente los tañidos, los toques o el doblar de las campanas, era el medio de comunicación más rápido y más fiable. Solo tenían un inconveniente para oírlas con nitidez y era el aire, siempre enredando con la rosa de los vientos, siempre soplando y cambiando de dirección, y así del lado que viniera se oían o no mejor o peor sus tañidos, los toques, el repique o el doblar de las campanas. En ocasiones se oían mejor en los campos que en el mismo pueblo y esto era algo que, a veces, venía bien, sobre todo cuando tocaban a fuego; las gentes  del campo dejaban de hacer lo que estuvieran haciendo y se iban corriendo a auxiliar a ayudar en lo que se pudiera, se iba primero al Ayuntamiento o a la Hermandad a recoger las herradas o cubos y las mujeres que estaban por casa salían con su propia herrada a saber dónde era el fuego y allí, entre todos, formaban una cadena de agua desde las fuentes públicas, pozos caseros, pozos de huerta, pozas, manantiales o hasta en la Guareña, lo que cayera más cerca de donde se había producido el incendio. Entonces hacían una cadena de agua de dos filas, por una iban las herradas llenas de agua y por la otra fila volvían las vacías a cargar hasta que el fuego quedaba extinguido.

A primeros de febrero, allá por San Blas, volvían las cigüeñas que ocupaban el nido del campanario. La llegada de las cigüeñas anunciaba el año meteorológico según los dichos y refranes que circulaban en torno a su aparición. 

"Por San Blas la cigüeña verás y si no la vieres año de nieves" y "Año de nieves año de bienes"

A los niños nos alegraba la llegada de las cigüeñas, nos gustaba saberlas ahí, contemplar sus vuelos casi hasta las nubes, verlas posarse en los campos o revoloteando alrededor del nido mientras daban de comer a sus polluelos. Con ellas como que nos sentíamos más felices, un poco más acompañados y observados desde las alturas y al revés, cuando el nido quedaba vacío nos daba cierta sensación, algo así como si estuviéramos un poco más solos, un poco más tristes pero conformes, porque, decían los mayores y también nos lo explicaban en la escuela, que las cigüeñas eran aves migratorias y tenían que  emigrar a las zonas cálidas de la Tierra a pasar lo más crudo del invierno porque, si se quedaban aquí, podrían morirse de frío.

A la puerta de la Iglesia entraban los coches de línea a recoger y a dejar viajeros. A la puerta de la Iglesia se juntaban las mujeres que andaban por casa, las abuelas, las madres, las tías y las mozas que no iban nunca al campo y las que iban pero coincidía que ese día no tenían que ir, allí se reunían todas; compraban, hablaban, hacían vida social. Era como una mañana de fiesta, pues aparte de ir a diario al comercio y a comprar el pan, en el pueblo no había mucho más donde ir. A la puerta de la Iglesia venían los baratillos de cacharros de barro y de porcelana, útiles de cocina y aseo, peines, tubos del pelo, diademas, ropa de cama, de ajuar, ropa de vestir, alpargatas de esparto, playeras, botas, zapatillas, sandalias y zapatos.

La llegada de los baratillos ponía las mañanas de los pueblos bocabajo o patas arriba. Ya tenemos la mañana hecha, iban diciendo las mujeres camino de la puerta de la Iglesia.

Dos días en semana llegaban también las primeras camionetas vendiendo pescado fresco, pesca, como le decían y también, fresco.

-Hoy hay fresco.

-He ido al fresco esta mañana y he traído un sable, o una palometa, chicharros, sardinas, bocartes, fanecas, verdeles, tomases..., esta noche cenamos fresco.
Y las calles olían a guisos de pesca y en las casas del pueblo esos dos días se comía o se cenaba fresco.

También la gente menuda teníamos parte de nuestra vida social en la Iglesia.
Al anochecer, los niños de la escuela y los jóvenes acudíamos al Rosario, después del Rosario un día o dos en semana había Círculo para la gente joven. Círculo se llamaba a unas conferencias que daba el señor cura en la Sacristía después del Rosario. Se avisaba en casa, padre, madre, que esta noche volvemos más tarde del Rosario porque hay Círculo. También había noches de ensayo alrededor del órgano que tocaba el señor cura o una moza de Acción Católica, se aprendían las canciones de las Misas grandes, del mes de las flores, del Corpus, de Las Candelas..., y en diciembre se ensayaban los villancicos.

jueves, 19 de mayo de 2016

Lago de Sanabria o Valverde de Lucerna


"Antiguamente, en el lugar que hoy ocupa el lago de Sanabria -que no existía-, tenía emplazamiento en Valverde de Lucerna. Cierto día se presentó en la villa un pobre pidiendo limosna -era Nuestro Señor Jesucristo- y en todas las casas le cerraron las puertas. Tan solo se compadecieron de él y lo atendieron unas mujeres que se hallaban cociendo pan en un horno. Pidió allí el pobre, y las mujeres le echaron un trocito de masa al horno que tanto creció que a duras penas pudieron sacarlo por la boca del mismo. Al ver aquello, le echaron un segundo trozo de masa, aún más chico, que aumentó más de tamaño, por lo que se hizo preciso sacarlo en pedazos. Entonces diéronle el primero que salió. Cuando el pobre fue socorrido, y para castigar la falta de caridad de aquella villa, díjoles a las mujeres que abandonaran el horno y se subieran para un alto, porque iba a anegar el lugar. Cuando lo hubieron hecho y abandonaron Valverde, el pobre pronunció unas palabras mágicas y el prodigio se produjo.

Tan pronto como fueron dichas -sigue la leyenda zamorana- brotó un impetuoso surtidor de la tierra, que en pocos momentos anegó totalmente a Valverde de Lucerna, quedando el lago como hoy se ve. Tan solo quedó al descubierto una islita, que jamás se cubre cuando en las crecidas, y situada exactamente en el lugar que ocupó el horno en que fue socorrido el pobre. Por lo demás, el lago conservó la virtud de todo aquel que se acercare a él en la madrugada de San Juan y se hallare en gracia de Dios oirá tocar las campanas de la sumergida Valverde".

(Miguel de Unamuno).

Así recoge la leyenda Luis Cortés en su artículo "La leyenda del lago de Sanabria", Revista de Dialectología y Tradiciones Populares.


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El lago de Sanabria el mayor lago de origen glaciar de la península ibérica.

Fragmento Wikipedia
El origen de este espacio natural se sitúa en las fases más frías del Cuaternario, cuando en Sanabria se establecieron las condiciones glaciares que afectaron notablemente al modelado de sus montañas. Durante este período, el límite de las nieves perpetuas se estableció en torno a los 1.600 m de altitud, lo que permitió que durante la glaciación del Würm en la altiplanicie de la sierra, se establecieran grandes acumulaciones de hielo y nieve, originando un glaciar de meseta o casquete. De él divergían largas y potentes lenguas de hielo encajadas en los anteriores valles fluviales. Hace 10.000 años la glaciación terminó y la lengua glaciar se retiró dejando al descubierto amplios y profundos valles, circos glaciares, rocas aborregadas, estrías glaciares, morrenas, el lago y más de 20 lagunas diseminadas por la sierra.
El lago de Sanabria es el elemento más característico de este territorio, el mayor lago de origen glaciar de la península ibérica, con 318,7 ha y una profundidad máxima de 53 m. Además, y dispersas por la sierra, se pueden encontrar más de una veintena de lagunas, diversos cañones demostrativos de la misma acción glaciar cuaternaria e innumerables cascadas y regatos que han dado origen a una zona con increíbles valores estéticos y paisajísticos.

miércoles, 4 de mayo de 2016

San Isidro



-Buenos días, saluda la señora  maestra.
-Buenos días tenga usted. Cómo se nota que ya va apuntando mayo. Ahora iré pa`llá a pedir agua, que ya anda la pobre gente regando. Dice el viejo a modo de saludo que, sentado en el poyo de su puerta, toma el sol con las manos cruzadas encima de la cayada.

A primeros de mayo y hasta la víspera del día del santo, los niños de la escuela, a eso de las doce, salen en procesión acompañados de sus maestros, en filas de a dos, niños en un lado y niñas en otro. Caminan en silencio obligado camino de la Iglesia. En voz muy baja y a escondidas del maestro, se van contando unos a otros la primera vez que vieron al santo, cuando un día sus padres los llevaron a misa y le enseñaron la Iglesia y el altar de San Isidro y allí, delante de los bueyes, los auparon para que los vieran mejor.

De todos los santos expuestos en la Iglesia es San Isidro el que más le llama la atención desde chiquitines porque este santo tiene dos bueyes enganchados a un arado y guiados por un Ángel. Y ellos, en su corta vida, conocen lo que sus mayores les han ido contando; que en sus tiempos mozos trabajaron el campo con bueyes, pero que de pocos años aquí; las mulas, los burros y algún que otro caballo y yeguas habían ido reemplazando a los bueyes y en todo el pueblo ya no quedaba de muestra ni una yunta. Decían que, con el cambio, hubo como una pequeña revolución porque unos estaban a favor y otros en contra, porque los bueyes eran lentos de movimiento y marcha, en comparación con las mulas, pero que también eran unos buenazos. El murmullo infantil va subiendo de tono y los maestros, de nuevo, a poner orden en las filas.

Hoy es el primer día de rogativas y, por la mañana temprano, antes de salir al campo, las madres, entre otras tareas, han dejado preparado el velo de las niñas, junto al cabás, para que no se les olvide llevarlo a la escuela.

Los padres también se han ido al campo todavía más temprano,  las madres salen un poco más tarde, cuando dejen aviada la casa, y alguna que otra tarea doméstica. Padres y madres se van al campo, tranquilos, porque los niños están recogidos en la escuela y, algo aprenderán. Las madres vuelven a casa a tiempo de preparar la comida antes de que los niños lleguen de la escuela, pero no faltan esos niños que tienen que comer solos o en casa de los abuelos porque, sus padres, tienen las  fincas muy lejos del pueblo y no les compensa ir a casa al medio día, y dejan la comida hecha y le dicen a la vecina, que le eche un ojo a los chiquillos. 
Los padres les han dicho que pidan agua a San Isidro, que este año hace mucha falta que llueva en mayo para que haya buenas cosechas, que es lo que se pide al santo, este santo que es el patrón de los labradores y que, conocido es el milagro de haber hecho que sus bueyes araran solos mientras él rezaba aunque hay quien cuenta que el que guiaba el arado era un Ángel, pero que sabido es por todos, que San Isidro con su vara de labranza tocó un peñasco y empezó a brotar agua.

Y con estas creencias los niños acuden a las rogativas de San Isidro, entusiasmados, porque van a hacer algo por sus padres, por sus campos, algo que los padres no pueden hacer por tener que ir a trabajar. Los niños de la escuela son casi el único publico, junto con el señor cura, y las personas muy mayores que van a las rogativas, ya que la gente en edad de trabajar, como dice la señora maestra, están todos en los campos.

Y la chiquillería va más que feliz repitiendo en letanía el Ora Pro Nobis  en latín de las peticiones que hace, en voz alta, el señor cura, luego coge el hisopo del Agua Bendita y la esparce por los campos mojando aquí y allí todos los caminos del pueblo que salen a los campos, un día por el norte, otra mañana al este, otra al sur, otra al oeste y en dos semanas quedan todos los campos bendecidos en presencia del santo, de los bueyes, del arado, del ángel, de la vara. Con la esperanza puesta en esa imagen, en esa figura que los niños han visto a la izquierda del altar mayor  y que, en las rogativas, es llevada en andas por cuatro hombres de la cofradía de San Isidro labrador.

Por cualquiera de los caminos el campo está ralo hasta de flores. La sequía ha ido haciendo mella, aunque no ha podido con el olor a tomillo, a rosas, a lilas y saúco, ni tampoco con que el vuelo de las mariposas se expanda por el aire, solo que no luce tan esplendoroso como en otras primaveras. Pero lloverá seguro, para eso están yendo a las rogativas.

Reivindicando los principios y el sentido de esta página

  - foto: Manolo-Carrucho (Manuel Gil) ✓  Recordatorio correspondiente a la página de grupo en Facebook:  _Villabuena en la Memoria _ Reivin...