domingo, 5 de junio de 2016

Villabuena en la memoria XII


-Callar a ver por quién doblan las campanas...

La torre del campanario coronada con una cruz y con el nido de las cigüeñas se divisa desde, casi, cualquier punto del pueblo y desde las afueras. Al toque de campanas se movilizaban los pueblos, las vidas de todos sus habitantes pasan por delante de la Iglesia ante la atenta mirada de los ojos del campanario. 

La Iglesia y sus alrededores era el centro neurálgico de los pueblos tanto los días de diario como los domingos, festivos, días de bautizos, comuniones, bodas y entierros. La Iglesia significaba mucho más que ir a Misa o al Rosario.

Las campanas tocaban a Gloria cuando morían niños, tocaban a fuego, tocaban al atardecer llamando al Rosario, repicaban a boda y a bautizo, repicaban en la misa Mayor de los domingos y festivos, repicaban al vuelo cuando las fiestas grandes, tocaban a misa rezada en la primera misa de los domingos y en la misa de diario, tocaban a misa de cabo de año, tocaban a muerto por el fallecimiento de una persona adulta, finalizando este toque con las señales de dos campanadas si el fallecido era hombre y tres si era mujer.

La gente distinguía perfectamente los tañidos, los toques o el doblar de las campanas, era el medio de comunicación más rápido y más fiable. Solo tenían un inconveniente para oírlas con nitidez y era el aire, siempre enredando con la rosa de los vientos, siempre soplando y cambiando de dirección, y así del lado que viniera se oían o no mejor o peor sus tañidos, los toques, el repique o el doblar de las campanas. En ocasiones se oían mejor en los campos que en el mismo pueblo y esto era algo que, a veces, venía bien, sobre todo cuando tocaban a fuego; las gentes  del campo dejaban de hacer lo que estuvieran haciendo y se iban corriendo a auxiliar a ayudar en lo que se pudiera, se iba primero al Ayuntamiento o a la Hermandad a recoger las herradas o cubos y las mujeres que estaban por casa salían con su propia herrada a saber dónde era el fuego y allí, entre todos, formaban una cadena de agua desde las fuentes públicas, pozos caseros, pozos de huerta, pozas, manantiales o hasta en la Guareña, lo que cayera más cerca de donde se había producido el incendio. Entonces hacían una cadena de agua de dos filas, por una iban las herradas llenas de agua y por la otra fila volvían las vacías a cargar hasta que el fuego quedaba extinguido.

A primeros de febrero, allá por San Blas, volvían las cigüeñas que ocupaban el nido del campanario. La llegada de las cigüeñas anunciaba el año meteorológico según los dichos y refranes que circulaban en torno a su aparición. 

"Por San Blas la cigüeña verás y si no la vieres año de nieves" y "Año de nieves año de bienes"

A los niños nos alegraba la llegada de las cigüeñas, nos gustaba saberlas ahí, contemplar sus vuelos casi hasta las nubes, verlas posarse en los campos o revoloteando alrededor del nido mientras daban de comer a sus polluelos. Con ellas como que nos sentíamos más felices, un poco más acompañados y observados desde las alturas y al revés, cuando el nido quedaba vacío nos daba cierta sensación, algo así como si estuviéramos un poco más solos, un poco más tristes pero conformes, porque, decían los mayores y también nos lo explicaban en la escuela, que las cigüeñas eran aves migratorias y tenían que  emigrar a las zonas cálidas de la Tierra a pasar lo más crudo del invierno porque, si se quedaban aquí, podrían morirse de frío.

A la puerta de la Iglesia entraban los coches de línea a recoger y a dejar viajeros. A la puerta de la Iglesia se juntaban las mujeres que andaban por casa, las abuelas, las madres, las tías y las mozas que no iban nunca al campo y las que iban pero coincidía que ese día no tenían que ir, allí se reunían todas; compraban, hablaban, hacían vida social. Era como una mañana de fiesta, pues aparte de ir a diario al comercio y a comprar el pan, en el pueblo no había mucho más donde ir. A la puerta de la Iglesia venían los baratillos de cacharros de barro y de porcelana, útiles de cocina y aseo, peines, tubos del pelo, diademas, ropa de cama, de ajuar, ropa de vestir, alpargatas de esparto, playeras, botas, zapatillas, sandalias y zapatos.

La llegada de los baratillos ponía las mañanas de los pueblos bocabajo o patas arriba. Ya tenemos la mañana hecha, iban diciendo las mujeres camino de la puerta de la Iglesia.

Dos días en semana llegaban también las primeras camionetas vendiendo pescado fresco, pesca, como le decían y también, fresco.

-Hoy hay fresco.

-He ido al fresco esta mañana y he traído un sable, o una palometa, chicharros, sardinas, bocartes, fanecas, verdeles, tomases..., esta noche cenamos fresco.
Y las calles olían a guisos de pesca y en las casas del pueblo esos dos días se comía o se cenaba fresco.

También la gente menuda teníamos parte de nuestra vida social en la Iglesia.
Al anochecer, los niños de la escuela y los jóvenes acudíamos al Rosario, después del Rosario un día o dos en semana había Círculo para la gente joven. Círculo se llamaba a unas conferencias que daba el señor cura en la Sacristía después del Rosario. Se avisaba en casa, padre, madre, que esta noche volvemos más tarde del Rosario porque hay Círculo. También había noches de ensayo alrededor del órgano que tocaba el señor cura o una moza de Acción Católica, se aprendían las canciones de las Misas grandes, del mes de las flores, del Corpus, de Las Candelas..., y en diciembre se ensayaban los villancicos.

De la escuela a las rogativas

-Buenos días, saluda la señora maestra. -Buenos días tenga usted. Cómo se nota que ya va apuntando mayo. Ahora iré  pallá,  a p...