Villabuena en la memoria: Los cuentos de miedo daban más miedo


"Hoy no vendría nadie a casa después de cenar, ni nosotros saldríamos a ningún lado. La anochecida se había puesto muy mala. Se había levantado ese airón que mete a la gente en casa. No hace noche de visitas. El frío y el aire se adueñan de la calle. La fuerza con que sopla hace sonar las puertas viejas. Ruge y silba alrededor de las casas y se hace oír empujando sus lamentos por el hueco de la chimenea como bramidos lejanos.

"Zumba sumbeiro, que yo buena obrigadiña me tengo"
      Decían los mayores para sacudirnos el miedo.

Con el aire, la luz eléctrica iba y venía a su antojo. No se podía coser, ni leer, ni hacer punto, ni dibujar. Hasta la hora de irse a dormir solo se podía hablar y contar cuentos.

A la luz del candil y al resplandor de la lumbre, las sombras se movían con el titileo de las llamas. Los cuentos de miedo daban más miedo y los cuentos de risa daban menos risa, pero sí nos entretenían y hacían que desviáramos la atención de los sonidos del viento"
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Fragmento de Crónicas a la Luz del Candil

Casas de tapial: Villabuena en la memoria XVII



Las casas de piedra y pizarra se construían en las zonas donde proliferaban estos materiales.

En el valle del Duero, en las zonas llanas de las riberas, predominaban las casas de tapial o adobe con armazón o tejado vegetal; como vigas de madera, cañizo, junco, carrizos y por encima  una capa de barro amasado con paja, cubriendo el acabado del tejado para terminar con la reconocida, agradecida y todavía actual teja árabe.

Muchos nos hemos preguntado por qué en las casas de antes, las de nuestros bisabuelos y tatarabuelos construidas allá por el s.XIX  ¿Por qué para entrar en estas casas había que bajar unos cuantos escalones aunque estuviesen construidas en suelos llanos?

Tanto los suelos de los pajares, paneras y casas, sin cimentar, se escavaban para sacar la tierra con la que construir el tapial, las paredes maestras más anchas en su parte baja y adelgazadas según iban tomando altura. La base de la casa asentaba en una hondonada similar a cuevas o tudas. Apenas tenían algún ventanuco, que no ventanas porque por ellas se colaba el frío y el calor y además había que"vestirlas" tapar los huecos; querían decir que era un gasto tener que comprar marcos ventanas  cuarterones...visillos, cortinas, cortinones...

Estas casas excavadas se las fabricaban los moradores,se ayudaban entre unos cuántos hombres. En ocasiones, se topaban con manantiales, y si les resultaba imposible hacer un desvío del agua, enterrar, entoñar, o controlar el manantial haciendo un pozo para el consumo, tenían que desistir de la construcción de la casa y buscarse otro sitio.

Los barros están secos y duros como piedras: Villabuena en la memoria


La tarde es como muchas tardes de invierno. Por los tejados y rincones de las calles donde no han llegado los rayos del sol empieza a brillar la escarcha perenne. Al solombrío las cortinas de chupiteles colgando de los canales siguen intactos. Y aquella telaraña del espino permanece helada, llena de cristales diminutos, como rebozada en azúcar y sal.

En estos días de Navidad, los niños esperamos impacientes la llegada del cartero; los familiares y amigos que viven en la capital nos felicitan las Pascuas enviando postales navideñas, cartas, participaciones de lotería y calendarios nuevos. Calendarios nuevos de la capital...

Los comercios del pueblo cambian los escaparates para la ocasión, ponen cajitas de anguilas, cartas de Reyes, pañuelos moqueros, cajas de pinturas Alpino, sacapuntas nuevos en forma de tele, plumieres, calcetines, postales de Navidad troqueladas y con brilla brilla, colonias, Angelitos y Vírgenes de azúcar que brillan como piedras preciosas. ¡Cuánto nos gustaba ir a ver los escaparates de Navidad!
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Fragmento de Crónicas a la Luz del Candil

Villabuena en la memoria: Noches de invierno



En las noches interminables del invierno aprendíamos de la sabiduría de nuestros mayores como si estuviéramos asistiendo a las clases de la escuela, en una escuela especializada, donde se acumulaban todos los conocimientos trasmitidos de generación en generación, toda esa experiencia que nos traspasaban con su cultura vívida de padres a hijos, de hijos a nietos. Ese aprendizaje se quedaba adherido a los huesos, a la mente, al alma, y te hace echar raíces en un suelo firme, raíces tan profundas que fueras donde fueras, crecieras cuanto crecieras te harán volver irremisiblemente. A pesar de la dureza del clima, de la vida sacrificada y austera. Pero una vida tan rica en valores humanos. Valores que te traerán una y otra vez de vuelta a tus orígenes contagiado por el amor a la tierra, contagiado por el amor a los tuyos.

Cuando acababa la noche de tertulia, los padres nos envolvían en las toquillas y nos llevaban en brazos a casa. En el trayecto de casa a casa, los niños nos quedábamos mirando las bombillas de todas las esquinas, nos llamaba mucho la atención verlas alumbrar entre la niebla espesa que tamizaba los destellos de luz en un aura, circular e inquietante, que hacía que nos acocháramos más fuerte entre los brazos de nuestros padres.
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Fragmento de Crónicas a la Luz del Candil

Villlabuena en la memoria: De sementera

Entre días grises o soleados, de viento y lluvia, llega la sementera. Ahora, que los campos ya están vacíos, limpios de rastrojos, que ya han pasado los rebaños de ovejas arrasando los pastos. Ahora, que la tierra está casi como un erial, se preparan los terrenos con las labores pertinentes para la siembra.
En estas tardes tan cortas, casi anochecido, el hombre de la casa anda entre la panera y el pajar; llenando las cebaderas, preparando el arado, el carro y la herramienta que necesitará para el día siguiente.  Acribando el grano de trigo o cebada, limpiándolo de granas de amapolas, de avena silvestre y otras semillas.  Después, encala la semilla con el agua azul transparente de la Piedra Lipe.

Mientras se cena; la sartén pequeña puesta a la lumbre, va friendo los torreznos para la merienda de mañana.  Para los hombres de la casa, que andan de siembra y necesitan echar merienda contundente.  Merienda pá tol día a base de torresnos, tortilla de patata o no, unos cachos del adobo, pimientos, tomates, cebolleta, un trozo de queso, un algo de fruta y casi medio pan.  Todo preparado para meterlo en la fiambrera y la fiambrera, bien cerrada, metida en la talega con el pan.  Y la talega o fardela guardada en un seno de las alforjas y la botija en el otro.

En el comercio del pueblo también se podía comprar la Piedra Lipe.  Es una piedra como de cristal de color azul turquesa que, aseguran, que protege el grano y ayuda a que nazca bien.  Con la Piedra Lipe, dicen, no se nubla la simiente.

Recuerdo aquellas noches de la sementera.  Se cenaba temprano, y luego sacábamos el envoltorio de la Piedra Lipe y el chito, esa piedra con forma cilíndrica que se utiliza, sobre todo, para tirar al juego de los chitos, con esta piedra, además de jugar, también trituramos la piedra azul que después hay que diluir en agua, en media herrada de agua.  Se revolvía con un palo y se aplicaba al grano encalando con un escobajo, removiendo la simiente y encalando una vuelta y otra, de un lado y otro, se vuelve a encalar con el líquido azul hasta que el cereal queda bien impregnado.  Después se orea y a continuación se envasa en los costales, y ya está la semilla preparada para el día siguiente.  Y así, transcurren en las casas las noches de otoño después de la cena, hasta que termina la sementera de cereal.  Las acostumbradas visitas nocturnas escasean en estas noches mientras dura la siembra.

De la -piedralipe- que hemos triturado,  se apartan unos trocitos pequeños que envolvemos en papel de estraza y los guardamos en la caja de las medicinas, por si nos salen úlceras en la boca.  Solo tienes que frotar la piedrecita en la úlcera; escuece mucho, pero las cura muy bien. Recuerdo aquellas noches, cuánto nos gustaba, cuando nuestros padres nos dejaban unos instantes machacar la Piedra Lipe, molerla, diluirla y encalar un par de veces con el escobajo, mientras pensábamos que aquello, otra vez, se convertiría en espigas...

A la mañana siguiente, muy temprano, los padres, los hombres de la casa ayudados por las madres, enganchan el carro, suben el arado, cargan los costales, las cebaderas, las alforjas, los aperos y las mantas, y a sembrar.  A recorrer a pie la tierra, a tirar a boleo la semilla y a esperar.  A esperar mirando al cielo cada día.  A mimar y a trabajar la tierra, y a esperar.  A esperar a ver cómo nace lo sembrado, cómo reverdece el campo.  Cómo se logrará, cómo será la cosecha del próximo verano...

Y mientras esperan, continúan procurándole la labor precisa, todos esos cuidados pertinentes y eficaces, para que al año que viene también haya buen pan.
No todos los granos germinan, ya que parte de ellos quedan a flor de tierra, para alegría y pitanza de los pájaros.
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Fragmento de Crónicas a la Luz del Candil.

Flores en el camposanto: Villabuena en la memoria



...los crisantemos florecen en cada noviembre...

Queremos situarlo en la normalidad, en la ley de vida.  Pero se nos aprieta el corazón y nos falta el aire. Ley de vida.  La ley de la vida...

Y para consolarnos, para reconfortarnos, hacemos inconsolables visitas al cementerio. Estamos un rato allí con ellos, pero sin ellos, y le hablamos en voz alta, o con el pensamiento, y nos creemos que nos ven, y que nos oyen, y que nos guían, y que nos piensan.  Ojalá fuera cierto. Y al dejar el cementerio, nos vamos, dejándolos allí. Nos vamos con el peso del vacío. Hemos querido regresarlos. Están donde están y nosotros, inconscientemente, lo hemos olvidado.

Villabuena en la memoria: Lo que la tele se llevó


La televisión nos engulló, nos transformó, nos manipuló y nos dejamos hacer atrapados por su hechizo. También nos enseñó, también aprendimos, también nos educó, bien o mal, pero influyó en nuestra formación como una gran escuela sin disciplina.

La tele era esa ventana abierta desde donde se podía ver el mundo. 
La tele era sinónimo de progreso, y con él, ventajas e inconvenientes. Tendría que pasar mucho tiempo hasta que aprendimos a pasar por el tamiz toda aquella información, que era mucha, a la cual, no estábamos acostumbrados, y, a separar lo importante de lo que no lo era.

Lo que la tele se llevó...

Empezó por llevarse la idiosincrasia del pueblo y de todos los pueblos.
Vacío las solanas y las tardes de costura. Se llevó las tertulias y los juegos de los niños en la calle. Los ensayos de teatro y comedia. Las visitas de las noches, las veladas. Se cerró el salón donde proyectaban el cine. Se llevó las noches sentados al fresco. No había quien compitiera contra el variado divertimento que ofrecía la tele. Hasta los vendedores de coplas dejaron su peregrinar por senderos y caminos.

Con la tele pasamos a no salir de casa y a silenciar comidas y cenas frente al televisor "la estrella de la casa, la reina de la creación, el ombligo del mundo"

Mucho tiempo después aprendimos a ser rebeldes con sus recomendaciones, a ser más selectivos, fuimos aprendiendo a no dejarnos influenciar tanto por ella.

Cuánto disfrutamos viendo la tele, cuántas horas le dedicamos. Cuánto aprendimos, cuánto desaprendimos. Cuánto nos informó, cuánto nos deformó. Cuánto nos aisló, cuánto nos idiotizó ¿Cuánto ganamos, cuánto perdimos? ¿Cuánto?
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Fragmentos de Crónicas a la Luz del Candil