La llegada de la tele


El 15 de diciembre de 1960 vimos por primera vez una tele, yo y un motón de niños más, lo primero que vimos fue la gran boda retransmitida desde Bélgica.
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A la hora de comer, hora sagrada en el pueblo de cada uno a su casa, la gente se amontonó en el bar Norte. Ocupamos todos los bancos y todo el espacio libre que quedaba entre los asientos y por cualquier rincón.

Los jueves los niños salimos de la escuela por la mañana y ya no teníamos clase por la tarde, así que, algunos dejamos el cabás en casa otros no, según nos cayera en camino, y nos marchamos corriendo al bar a ver qué era y cómo era eso que llamaban televisión.
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En lo alto de la pared del fondo estaba el televisor colocado encima de una palomilla bien clavada y bien orientada, se ve bien desde todos los lados, decían. Aquello era lo más parecido a una caja cuadrada de madera brillante, como barnizada, y en uno de sus lados un cristal ovalado de color verde claro y cerca del cristal tres botones para poner en funcionamiento el aparato.

El señor del bar subido en una silla manipulaba los botones de la televisión para quitar las interferencias y la nieve de la pantalla, decía, y darle más voz, para que se oyera bien.
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Detrás de la barra, el otro señor del bar no daba abasto despachando cacagueses, cafés y gaseosas, que a esas horas, o sea, a las horas de comer sin haber comido, se vendían muy bien.
El frío de diciembre había desaparecido, la estufa de leña ardía que era un gusto y el turbión de gente retenía el calor en el bar.
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El señor que manipulaba la tele, pidió silencio, y que cerraran los cuarterones de todas las ventanas, que, medio a oscuras, era como mejor se veía el televisor. Pasados unos minutos aquella pantalla de cristal verde claro empezó a iluminarse y apareció la boda de los reyes de Bélgica Balduino y Fabiola.
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Con la llegada de la tele, los bares empezaron a recibir mucha más gente, hombres, mujeres y niños, todos a los bares, incluso en las tardes de entre diario. Las tardes de los jueves íbamos a ver el programa infantil "Silla de Pista " Los Picapiedra" doblados en español mexicano. Recuerdo el asombro que nos causaba oír hablar en mexicano, nos sonaba bien, nos divertía mucho oír lo que nunca habíamos oído hasta entonces, hablar nuestro idioma con semejante acento...
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Poco a poco, la tele fue entrando en algunas casas, decían que si no tenías tele estabas como fuera del tiempo, como fuera del mundo....
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Tuvieron que pasar entre diez o quince años más, hasta que la tele llegara a todas las casas del pueblo.
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Fragmentos de "Crónicas a la Luz del Candil"

San Roque




<<... Son como las doce de la mañana. Los hombres, mujeres y niños del pueblo están trabajando en las eras, en las huertas o con los últimos viajes del acarreo. El pregonero del pueblo anda por las esquinas echando el pregón, para que esta noche, acudan los hombres a la junta, asunto a tratar; los toros y las fiestas de San Roque, sigue diciendo el pregón, que se celebrará en el consistorio, que se abrirá al público recién anochecido.
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Ya están haciendo los hoyos en la plaza, los hoyos donde irán metidos los postes de madera que aguantan el tablao en el que se acomodan las autoridades y la orquesta.
Los padres hacen cálculos con las labores del campo, sobre la fecha en que podrán ir a poner el carro y formar así la plaza de toros entre todos los carros que van llevando los vecinos del pueblo. Los niños ya hemos contado cinco carros en la plaza.
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Las madres, entre tarea y tarea de los quehaceres del campo, embarran las casas, encalan las fachadas, y le dan polvos "coloraus" y de "muñicas" al piso. Hacen viajes a Toro para comprar las telas de los vestidos de estreno, los zapatos y las sandalias.
Entre tarea y tarea del campo, las madres preparan los postres en las tardes de víspera, cuando se termina de fregar la loza de la comida y de recoger la cocina. Es en el silencio de la mientras siesta cuando las calles del pueblo empiezan a oler a vainilla, a aromatizante de "Flanín el Niño" a flan, a azúcar caramelizado, a leche frita, a arroz con leche, a chocolate, a natillas con galletas y a bizcocho casero.
En el horno de las tahonas se hacen las pastas, las magdalenas de aceite, esas que se hornean en moldes metálicos individuales, y las mantecadas de almendra en los moldes redondos de papel rizado o en papel liso, al que hemos dado forma cuadrada, a mano. El olor a San Roque sale también por las chimeneas de las tahonas.
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Empiezan a llegar las tómbolas, los carruseles, las barcas, las cadenas o sillas voladoras, el tiovivo, los tenderetes de juguetes y golosinas, el puesto de los churros, el señor que deambula por la calle cargado con su juego de ruleta de barquillos, los primeros helados, los helados "de mantecado" con sabor a vainilla servidos con unas pinzas aboladas en un cucurucho de galleta. Los camiones de refrescos que surten los bares y cafés, entran en caravana por el Camino Toro.
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Los carpinteros o carreteros del pueblo van y vienen del taller con tablas y postes, hay que atajar las calles. Los mozos y los hombres del pueblo arrastran los carros de labor hasta las bocacalles por donde entrará la manada de toros y cabestros camino de los toriles.
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Los maletillas llegan a pie, andando los caminos de fiesta en fiesta, de plaza en plaza, de pueblo en pueblo. A dormir en la calle o en el campo, a comer a voluntad de la gente, año tras año. Hasta que se oye decir, a tal o cual otro, lo mató un toro, o aquel tan bueno, ya tomó la alternativa. Vestirse de luces, dicen ellos, está por encima del miedo y de las calamidades del camino. Vestirse de luces es mucho más grande que el miedo más grande. Merodean la calle de la verbena y los exteriores de la plaza con el hatillo a cuestas. Calzan botas camperas de tacones gastados y borlas espeluchadas, embutidas en pantalones estrechos de talle alto, la camisa blanca o colorada con las mangas remangadas y los faldones anudados a la boca el estómago. Tienen el talle muy fino, como de chico pequeño y carita de hambre disimulada bajo una gorra visera dos tallas más de su tamaño. Los mozos, algunos mozos en solidaridad los convidan a "echar un cacho" a las bodegas porque los ven muy delgados, el de las greñas el que más, está como un alfilitero. "Está que pisa un huevo y no lo rompe" que diría Miguel Delibes.
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A la corrida del día de San Roque las mujeres van cargadas con la silla de enea, el abanico, la pamela de paja o un pañuelo bonito a la cabeza, la sombrilla, algo de merienda y el botijo del agua. Los hombres con sombreros de paja, se han echado al hombro la calabaza o la bota del vino llena de limonada. Se respira alegría, mucha alegría por parte de todos, hombres, mujeres, niños, chicos y grandes. Toda la gente anda contenta. Los hombres acompañan a la familia hasta su carro, y ayudan a subir a las mujeres, a los niños y a las personas mayores, pero ellos no se sientan en las sillas, se quedan entre los carros como haciendo guardia al acecho del "cerrado" de la plaza. Aunque ellos dicen que, es que los toros se ven mejor desde abajo. Cuando suenan los clarines, los clarines de la emoción y del miedo anunciando que se abre la puerta del toril, las mujeres le piden a gritos que se suban a los carros que ahí abajo hay mucho peligro, pero no hacen caso.
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En el intermedio del baile vemos a los maletillas cruzar la pista vacía con el hato al hombro. Se van, se van andando la noche a otros pueblos, donde mañana por la tarde, correrán la misma suerte en otra plaza hecha de carros después de un descanso a la intemperie en una cama de tierra. Algunos se acercan  para darle un apretón de manos deseándoles suerte. El señor del puro, además, les ha dado un billete de quinientas pesetas...>>
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-La Fiesta Grande-
Fragmentos de "Crónicas a la Luz del Candil" 



La fascinante vidilla que ocultaba la mientras siesta



<<... Los días son más largos. Las jornadas de trabajo en el campo, de sol a sol, se duplican en horas debido a los madrugones de las dos o las tres de la mañana. Los trabajadores y trabajadoras del campo se ponen en marcha con las mulas y el carro, para ir a las fincas que están lejos del pueblo.

En las horas centrales del día, el sueño, el calor y el cansancio acumulados hacen mella. Los ratos más fuertes del calor se dejaban pasar en la siesta. Siestas, a menudo interrumpidas, porque amenazaba tormenta.

De vez en cuando, en la mientras siesta, hacíamos corrillo en una sombra de la calle, alrededor de alguna persona mayor que, en tono muy, muy bajo nos contaba anécdotas del pueblo, historias de antes, cuentos de Calleja y otros cuentos con tintes de miedo. Todavía recuerdo cómo conseguían silenciarnos a todos.

En las casas se preparaba en lo posible el ambiente de las horas sagradas, de las horas de la siesta. Se cerraban con tranco puertas, ventanas y cuarterones, se bajaban las persianas, se extendían y se sujetaban las cortinas quitasoles. Todo, con tal de que no pasara la luz ni el calor. Había que mantener la casa en penumbra y lo más fresca posible, así se evitaría en algo el vuelo de las moscas que eran las visitantes más constantes, molestas, pesadas y resistentes durante el calor. A pesar de que se colgaran del techo cintas adhesivas atrapa moscas, y los platitos cenicero, repartidos por muebles y mesas de toda la casa, con aquel azúcar de color rosa que venía envasado en sobres de papel. Azúcar rosa, especial para matar moscas.

Y así, en cada casa. Y así en cada calle... El pueblo entero parecía dormido. Solo el ambiente de bochorno y el viento abrasador que a veces bramaba; golpeando puertas mal ajustadas, levantando brujas de polvo, papeles, brozas y corre mundos. Solo el viento transitaba en total libertad adueñándose del pueblo y rompiendo el silencio de las calles vacías... Era, la hora de la mientras siesta La fascinante vidilla que ocultaba la mientras siesta.

Nos íbamos al sitio de la casa que estuviera más alejado del dormitorio de los padres. Se entreabría un resquicio del cuarterón de la ventana, para que, por las rendijas de la persiana se colara la luminosidad suficiente y escasa, que los ojos de los jóvenes necesitaban para poder leer, escribir coser o, ver fotos y postales. Todos, sentados en corro junto a a luz. Sentados en el suelo por ser el asiento más grande y más fresco, comenzábamos las horas de la siesta. Era, el mejor momento del día. De estar juntos; amigas, primos, vecinos y hermanos. De aquellos tebeos y cuentos que nos iban introduciendo en historias de bosques y de vidas encantadas.

Se escribían cartas a los chicos. Nos hacíamos confidencias. Aprendíamos coplas en aquellas cuartillas de colores que vendían los cantadores y vendedores de coplas, coplas que hablaban de romances felices y de penas de amor. Los chicos leían "El Capitán Trueno" " Roberto Alcázar y Pedrín" "El Jabato" Y aquellas colecciones de cuentos guardadas en las cajas de lata del dulce de membrillo, estos cuentos pequeñitos entraban en las libras de chocolate. Chocolates "El Alba" de Vezdemarbán, Zamora.

Las chicas mayores se pintaban la cara y las uñas, a escondidas, y se copiaban los peinados de los personajes femeninos de Corín Tellado peinados que deshacían antes de que terminara la siesta.

De cuando en cuando, nos sorprendía una absoluta oscuridad seguida de truenos, relámpagos y caída de chispas o rayos. Tormentas secas con rachas de viento huracanado y gran aparato eléctrico que, a los ojos y los oídos de los niños resultaban aterradoras. Recuerdo cómo retumbaban por todo el pueblo los zambombazos de las bombas que tiraban los hombres de la Hermandad, bombas para abrir la nube y debilitar así la tormenta, o que descargara su furia en forma de lluvia.

Cómo olvidar que muchos de estos niños y niñas chicos y chicas, habíamos estado en el campo de noche, muy de madrugada; ayudando a nuestros padres en el acarreo de la mies, y que después de siesta, volvíamos de nuevo al trabajo con una amplia sonrisa ojerosa; era la marca feliz de las horas de la mientras siesta robadas al sueño...>>
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Fragmentos de "Crónicas a la Luz del Candil"

"Tío Babú"



El día que fue el retratista a la escuela.

En la escuela, esta mañana no damos la lección, estamos esperando al retratista.  Esta mañana nos  hemos levantado más temprano que de costumbre para ponernos guapas con los vestidos, la diadema y los lazos de los domingos.  Hoy nos hacen una foto en la escuela a todos los alumnos del pueblo, una foto para el recuerdo, dicen, para un bonito recuerdo que todos vamos a tener de los días de escuela.  Nos han explicado ayer que  nos la van a hacer en la calle, en la fachada de las escuelas,  sentados uno, a uno, en una mesa pupitre que van a sacar de la clase  para hacernos el retrato.

Y ahí vamos todos los niños, bien temprano tó felices hoy a la escuela, cruzańdonos por la calle, cada uno a su escuela.  Los chicos también van vestidos de domingo.  Hoy es un día  de escuela muy especial, nunca antes habían venido a hacernos  fotos.  Como cada día, hemos traido el cabás, pero ni lo hemos abierto.  No paramos de cuchichear, hablamos todas con todas y nos reímos de cualquier cosa, mientras nos atusamos el flequillo, las coletas, la diadema, los lazos y los cuellos de la blusa y de la chaqueta, y, nos sacamos las  pulseras de entre los puños de la rebeca o el jersey para que salgan bien en la foto.

La maestra nos deja hacer, haciendo tiempo.  Nos dice que , al menos, cantemos esas canciones que hemos ido aprendiendo en la escuela, entre ellas, la copla del Tío Babú que nos gusta mucho a todas.  A la señora maestra también.  Ella nos explica, como casi siempre cuando la cantamos en clase, que "esta copla fue, y seguirá  siendo popular, verídico o no, llovió mucho o no por todos esos pueblos, nos fuimos enterando por esta copla que los contadores de coplas divulgaban por entonces".  Y ya estamos nosotras a esas horas de la mañana cantando a voz en grito, la canción del "Tío Babú".

Agua viene por Bardales
tío Babú, tío Babú
También por Valdelespino,
los albillos de Marialba
tío Babú, tío Babú
se los ha llevado el agua.


Veinticinco mozos iban a la boda
no eran veinticuatro
que eran veinticinco,
que falta la novia
que falta el padrino
veinticinco mozos iban de camino.

Ya no voy por agua al Caño
tío Babú , tio Babú, tío Babú
voy a los Cinco Pilares
desde allí veo venir
tío Babú tío Babú,
tío Babú
los que vienen de Bardales.

El señor mayor que ha venido a la escuela a yudar a sacar la mesa pupitre a la calle, y a colgar el mapa en la pared, dice, que él había oído contar la historia a unos señores muy viejos y que estos señores tan viejos, le contaron la historia del tío Babú otros viejos, lo más viejos del lugar cuando ellos era niños..., que las coplas son así, van de boca en boca, por los años de los años, y que iba a intentar recordarlo todo y contárnosla tal y como se la contaron, siempre y cuando la maestra diera su permiso, permiso que le fue concedido para alegría y contento de todas las alumnas, y con el permiso de la señora maestra se acomoda en una silla y empieza a contar.
Mientras, vamos haciendo tiempo a que llegue el retratista, a que termine de hacer los retratos en las escuelas de los chicos y en las escuelas de arriba.

"Contaban  y dicen y enredan;  que el señor Babú veía sufrir a la gente  por la sequía,  por la falta de lluvias, y, se propuso el hombre alegrarles el día y, no  se le ocurrió otra cosa mejor que  meter el caballo en el río y empaparlo bien, y su capa y su ropa de vestir, y todo él dentro del río.  Sobre la "mojadura" esparció unos puños de la arena del rìo por encima del penco y de la capa.  Y jinete, trola y caballo, embarrados y encharcados, se echaron a los caminos cabalgando por el término para hacerse ver en los pueblos de los alrededores. Pueblos en los que el tío Babú era conocido y gozaba de cierta credibilidad..., con la única intención de que todos le preguntaran por "esa empapadura" y contar a las gentes lo del aguacero que había caído por el término.  Y, movía y escurría la capa haciendo "esparavanes" para dar más qué decir y qué preguntar. Y, claro, le preguntaban."

-A ver, un momento-interrumpió la maestra-una niña..., tú misma Celia, sal a la esquina a ver si se ve venir al fotógrafo...
-Sí señora, pero, ¿pueden esperar hasta que yo vuelva sin contar nada?
-Claro, claro que sí-dijo la señora maestra riendose-anda..., anda y no tardes.
A los pocos minutos ya estaba de vuelta la niña, llegó corriendo medio sofocada
-Nada, señora maestra, no se ve a nadie.
-Gracias Celia.  Puede continuar con la historia

"Y claro, los vecinos de los pueblos le preguntaban:
-¿Cómo viene usté así tío Babú, es que ha llovido? Y el tío Babú asentía con la cabeza a la vez que decía, lo que es llover, llover, no señora mía, ha diluviau.
-No diga usté, no diga... ¡Chicas, chicas!  Pues no va el tío Babú y dice que ha caido un chaparral... Venir, venir a verlo que viene empapau.
-¿Que si ha llovido? quia, en Bardales mucho, pero más en Valdelespino.
-¿Tanto, tío Babú?
-Tanto y más.  Los albillos de Marialba se los ha llevado el río... Y a uno o dos mozos que, dicen, que iban de boda, que si los  habría arrastrau la corriente...

Y así pueblo por pueblo, contando a las gentes todo lo que había llovido por Bardales y también por Valdelespino, y que los albillos de Marialba se los había llevado el agua.  Y en un principio, al parecer, la gente lo creyó.  Y se  apenaban por los de la boda y se congratulaban por lo de la lluvia que buena falta hacía.  Pero..., la verdad era, que no había caido ni gota, que todo había sido una farsa. Descubierta la mentira quedó también en boca de todos.  Y  esto hizo que, en la temporada de calor, las gentes le saludaran así;
-Cómo llueve por Bardales tío Babú.  Y él respondía:
-También por Valdelespino.
Este hecho, esta gran trola, se hizo muy popular y corrió de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad. Los cantadores  y contadores de coplas, chismes y sucesos, le sacaron cantares.  Entre juglares y "romanceros" catapultarían en el tiempo al tío Babú; a ser  recordado por los siglos de los siglos.

Cómo llueve por Bardales
tío Babú, tío Babú
También por Valdelespino,
los albillos de Marialba
tío Babú, tío Babú
se los ha llevado el agua...

Y hete aquí, que a los pocos días llovió y no llovió solo un día, comenzaron las lluvias, que llegarían porque ya estarían de llegar y se acabó la sequía. Y cuentan y dicen, y dicen y enredan, que aquello de que llegaran las lluvias fue cierto y se dio por terminada la sequía sin riadas ni aspavientos."


Agua viene por Bardales
tìo Babú tío Babú,
también por Valdelespino
los albillos de Marialba
tío Babú tío Babú
se los ha llevado el agua

Veinticinco mozos
iban a la boda
no eran veinticuatro
que falta la madre,
que falta la madre,
que falta el padrino
veinticinco mozos
iban de camino...

Cantando y recantando la canción del tío Babú, llegó,  por fin llegó el retratista. En seguida sacaron a la calle una mesa de esas de pupitre de tablero inclinado  y la pusieron contra la pared y en la pared colgaron el mapa de España, el mapa grande de tela, para que saliera en el retrato.  Encima de la mesa del pupitre pusieron la esfera grande del globo terráqueo, unos cuadernos y unos lapiceros.  Una a una, nos iba colocando  en la mesa y nos echaba la foto haciendo como que escribíamos. Cuando decía el fotógrafo, mirábamos al  objetivo y disparaba. Estábamos encantadas curioseando todo.  Mirando cómo sacaba  las fotos, sin perdernos detalle hasta que terminó, que terminó bien pasada la hora de la salida de la escuela.
Aquella mañana nos fuimos tan contentas  casa.  Qué bueno aquel día de escuela, que, sin haber abierto el cabás, nos llevábamos con nosotras la historia del tío Babú y la ilusión de esperar al revelado de los carretes que "inmortalizarían" el día de hoy en una imagen sepia, o, en blanco y negro, enmarcada o no, en todas las casas del pueblo.
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"Crónicas a la Luz del Candil"

Merienda en Las Peñicas


Foto actual publicada por Ernestina de la Iglesia. Gracias Tinita.
-En aquella época no había carteles indicativos-
Todos los años, el día de San Pedro por la tarde, el sendero de Las Peñicas se llenaba de voces.  Voces alegres, risas y canciones de niños y niñas con sus cantimploras colgadas al hombro y cargados con cestas y bolsas de tela.  Las chicas de Acción Católica nos llevaban de merienda a Las Peñicas. Había una pradera rodeada de árboles muy altos procedentes  de una  alameda.  Las Peñicas era un tramo de la Guareña, poco profundo, donde, entre diario, las mujeres del pueblo que vivían cerca se bajaban a  lavar la ropa.  A unos metros de la pradera, rayando con la orilla del río,  había una fuente, la fuente de las Peñicas, un manantial de agua potable.

Colgábamos cantimploras cestas y bolsas de los árboles y nos poníamos a jugar con las "mozas" de Acción Católica; al Pasimisí-Pasimisá, a Las Prendas, al Corro y a tirarnos agua, hasta que se hacía la hora de merendar.  Entonces, nos sentábamos todos en el verde formando un círculo muy grande. Abríamos nuestras bolsas y cestas de merienda. Las madres nos habían preparado para este día, una merienda especial. Una merienda de fiesta.  Recuerdo el  olor que dejaban  por toda la casa, aquellas galletas de chocolate tan ricas (horneadas en una placa metálica, sobre una trébede o una parrilla, puesta a la lumbre) que nos hacía mi madre para la merienda del día de San Pedro y el refresco con burbujas, también casero, para llevar en las cantimploras.

Después de la merienda jugábamos otro rato a juegos más calmados, quizá nos pesaba un poco la merienda. Nos gustaba ir hasta la orilla del río, a ver si los cangrejos habían "despertado" a esas horas, o a ver si podíamos ver alguna Libélula volar entre los juncos de la orilla, o algún pez, o alguna sarda, algún renacuajo.  (Todo esto bajo la atenta mirada de las mozas de Acción Católica). Luego, íbamos en fila hasta la fuente a llenar nuestras cantimploras, y emprendíamos el camino de vuelta a casa.  En filas de dos, sendero de Las Peñicas arriba.

Al anochecer, empezaban a llegar los padres que habían ido el día antes a Toro o a Zamora a vender los ajos. Las madres y los niños salíamos a  preguntar: "has visto a fulano, sabes qué tal ha vendido, ya viene, que viene en un par de horas, que estaba vendiendo bien..."  Esperábamos expectantes la llegada de los nuestros. Recuerdo lo extraño y raro que se nos hacía que los padres pasaran la noche fuera de casa..., que durmieran en la calle junto a los ajos... 
A su regreso, sentados todos alrededor de  la mesa, los niños los cosíamos a preguntas: que cómo lo había pasado, que si había podido dormir, que cómo se duerme en la calle, que si además de  haber llevado la manta, había tenido frío, y miedo ¿había tenido miedo pasando la noche a la intemperie...?

Cenábamos despacio mientras él respondía alegre a todos los interrogantes. Recuerdo el regocijo, no sólo infantil, rondando por la mesa. Esta noche tenía algo de magia, diría que  era  una sensación muy parecida a la noche en que venían los Reyes Magos. (Huelga decir, que los regalos y juguetes-comprados escaseaban hasta lo indecible, si comparamos con  los tiempos de ahora). Terminada la cena, recogíamos platos, vasos y cubiertos. Limpiamos el hule y los padres esparcían por la mesa el dinero de la venta de los ajos. Los  mayores  contaban los billetes, los niños las monedas, de las cuales, unas cuántas nos regalaban para la hucha. Del otro lado de la alforja, sacamos unos paquetes envueltos en  papel marrón -papel de envolver- ¡Eran juguetes comprados, juguetes nuevos, y otro regalo para la madre! Todavía recuerdo la alegría  y la ilusión de aquéllos instantes...
El día de San Pedro era un día tan, tan grande...
¡Imposible aquella noche, conciliar el sueño a la hora en que los niños se van dormir!
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Recuerdo aquéllos juguetes nuevos comprados en "la Navidad de junio" y aquélla sonrisa cómplice de los padres  cuando nos decían:

- Mirar ahí en las alforjas, a ver que hay...

Y recuerdo aquella madurez infantil..., si algún año no se podía comprar regalos. No había penas. Se asumía. Viendo, como veíamos, que las cosas no "andaban" para comprar juguetes haciendo falta zapatos.
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"Crónicas a la Luz del Candil"

Por San Pedro Villabuena en la memoria





La recogida de los ajos la recuerdo como una fiesta similar a los mongongos, (la matanza del cerdo) donde la familia se reunía durante  un par de días o más, compartiendo los desayunos comidas  y cenas.
En los ajos, de forma altruista: vecinos, amigos, tíos y abuelos, acuden a las casas de los recolectores para ayudar en el trenzado, (a hacer "riestras") de las ristras.  Los niños y niñas, también zascandileábamos por allí, alargando ajos, trayendo y llevando, que si la escoba de ajunjeras, que si vete a por una sandía y que la cale el abuelo,  que si el botijo, que ahora tendiéndo las ristras al sol..., o, sentados al lado de nuestros mayores, intentando el aprendizaje del trenzado con los ajos pequeños, que son los más flexibles.   Recuerdo aquélla especie de reuniones, que más que trabajo, parecían una excusa para pasar todos juntos unos buenos ratos entre ajos en los corrales de las casas.  Todos sentados a la sombra de la tenada o dentro de algún habitaco del corral, como el pajar o la panera.  Los mayores contaban historias y anécdotas.  De cuando en cuando, se escapaba alguna copla o un poco de "cante"  de Farina, Valderrama, Caracol, Antonio Molina o El Príncipe Gitano... Recuerdo la alegría y las risas mientras iba saliendo el trabajo que se hacía, al parecer, sin sentir.  Llegada la hora de la merienda, la anfitriona de la casa se iba a la cocina a preparar merienda para todos. Meriendas hechas a base de ensalada con productos de la huerta; tomates ,cebolletas, pepinos, pimientos morrones y pimientos verdes; acompañadas de aceitunas negras, escaveche, queso, membrillo y sardinas en aceite, o derivados del cerdo, y refrescos, y  pastillas de chocolate...  Era la costumbre invitar a merendar los días que durase la tarea, en correspondencia a la ayuda prestada.  A su término, se le regalaba a los ayudantes que no tuviesen sembrados ajos, una o dos ristras "para el gasto"
Los ajos, una vez terminados, se ataban en haces clasificados por tamaños, y se cargaban en el carro de mulas , o en los remolques de aquéllos primeros tractores y se llevaban la víspera a Toro, o a Zamora a La Feria.  Esto significaba que había que pasar la noche junto a los ajos "a dormir a los ajos"
La gran Feria de los Ajos del 29 de junio, día de San Pedro, patrono de Zamora, que, a día de hoy sigue celebrándose. Y sigue celebrándose el concurso de premios a la ristra de ajos más "gordos" y vistosos.  Dicha ristra se hacía especialmente para concursar, de dos hileras, o, se le daba alguna  otra forma que llamara la atención, se hacía con los ajos de mayor calibre y además, que fueran los más bonitos de la cosecha.
El nombre y la foto  del dueño  con la ristra ganadora, salía en los medios de comunicación locales y era agasajado con  una copa conmemorativa y un premio en metálico.
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Cómo olvidar aquélla sombra de tristeza en los dueños de los ajos, cuando llegaban rumores de que "había vaca" Esto significaba que había una superproducción y que los ajos se venderían mal, entre muy baratos o traerlos de vuelta a casa.  Pero, mal que bién, siempre lograban "colocarse" y era un dinero extra que  entraba en casa.  Era quizá el primer ingreso en metálico de la temporada de recolección.
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"Crónicas a la Luz del Candil"

Villabuena en la memoria XII


-Callar a ver por quién doblan las campanas...

La torre del campanario coronada con una cruz y con el nido de las cigüeñas se divisa desde, casi, cualquier punto del pueblo y desde las afueras. Al toque de campanas se movilizaban los pueblos, las vidas de todos sus habitantes pasan por delante de la Iglesia ante la atenta mirada de los ojos del campanario. 

La Iglesia y sus alrededores era el centro neurálgico de los pueblos tanto los días de diario como los domingos, festivos, días de bautizos, comuniones, bodas y entierros. La Iglesia significaba mucho más que ir a Misa o al Rosario.

Las campanas tocaban a Gloria cuando morían niños, tocaban a fuego, tocaban al atardecer llamando al Rosario, repicaban a boda y a bautizo, repicaban en la misa Mayor de los domingos y festivos, repicaban al vuelo cuando las fiestas grandes, tocaban a misa rezada en la primera misa de los domingos y en la misa de diario, tocaban a misa de cabo de año, tocaban a muerto por el fallecimiento de una persona adulta, finalizando este toque con las señales de dos campanadas si el fallecido era hombre y tres si era mujer.

La gente distinguía perfectamente los tañidos, los toques o el doblar de las campanas, era el medio de comunicación más rápido y más fiable. Solo tenían un inconveniente para oírlas con nitidez y era el aire, siempre enredando con la rosa de los vientos, siempre soplando y cambiando de dirección, y así del lado que viniera se oían o no mejor o peor sus tañidos, los toques, el repique o el doblar de las campanas. En ocasiones se oían mejor en los campos que en el mismo pueblo y esto era algo que, a veces, venía bien, sobre todo cuando tocaban a fuego; las gentes  del campo dejaban de hacer lo que estuvieran haciendo y se iban corriendo a auxiliar a ayudar en lo que se pudiera, se iba primero al Ayuntamiento o a la Hermandad a recoger las herradas o cubos y las mujeres que estaban por casa salían con su propia herrada a saber dónde era el fuego y allí, entre todos, formaban una cadena de agua desde las fuentes públicas, pozos caseros, pozos de huerta, pozas, manantiales o hasta en la Guareña, lo que cayera más cerca de donde se había producido el incendio. Entonces hacían una cadena de agua de dos filas, por una iban las herradas llenas de agua y por la otra fila volvían las vacías a cargar hasta que el fuego quedaba extinguido.

A primeros de febrero, allá por San Blas, volvían las cigüeñas que ocupaban el nido del campanario. La llegada de las cigüeñas anunciaba el año meteorológico según los dichos y refranes que circulaban en torno a su aparición. 

"Por San Blas la cigüeña verás y si no la vieres año de nieves" y "Año de nieves año de bienes"

A los niños nos alegraba la llegada de las cigüeñas, nos gustaba saberlas ahí, contemplar sus vuelos casi hasta las nubes, verlas posarse en los campos o revoloteando alrededor del nido mientras daban de comer a sus polluelos. Con ellas como que nos sentíamos más felices, un poco más acompañados y observados desde las alturas y al revés, cuando el nido quedaba vacío nos daba cierta sensación, algo así como si estuviéramos un poco más solos, un poco más tristes pero conformes, porque, decían los mayores y también nos lo explicaban en la escuela, que las cigüeñas eran aves migratorias y tenían que  emigrar a las zonas cálidas de la Tierra a pasar lo más crudo del invierno porque, si se quedaban aquí, podrían morirse de frío.

A la puerta de la Iglesia entraban los coches de línea a recoger y a dejar viajeros. A la puerta de la Iglesia se juntaban las mujeres que andaban por casa, las abuelas, las madres, las tías y las mozas que no iban nunca al campo y las que iban pero coincidía que ese día no tenían que ir, allí se reunían todas; compraban, hablaban, hacían vida social. Era como una mañana de fiesta, pues aparte de ir a diario al comercio y a comprar el pan, en el pueblo no había mucho más donde ir. A la puerta de la Iglesia venían los baratillos de cacharros de barro y de porcelana, útiles de cocina y aseo, peines, tubos del pelo, diademas, ropa de cama, de ajuar, ropa de vestir, alpargatas de esparto, playeras, botas, zapatillas, sandalias y zapatos.

La llegada de los baratillos ponía las mañanas de los pueblos bocabajo o patas arriba. Ya tenemos la mañana hecha, iban diciendo las mujeres camino de la puerta de la Iglesia.

Dos días en semana llegaban también las primeras camionetas vendiendo pescado fresco, pesca, como le decían y también, fresco.

-Hoy hay fresco.

-He ido al fresco esta mañana y he traído un sable, o una palometa, chicharros, sardinas, bocartes, fanecas, verdeles, tomases..., esta noche cenamos fresco.
Y las calles olían a guisos de pesca y en las casas del pueblo esos dos días se comía o se cenaba fresco.

También la gente menuda teníamos parte de nuestra vida social en la Iglesia.
Al anochecer, los niños de la escuela y los jóvenes acudíamos al Rosario, después del Rosario un día o dos en semana había Círculo para la gente joven. Círculo se llamaba a unas conferencias que daba el señor cura en la Sacristía después del Rosario. Se avisaba en casa, padre, madre, que esta noche volvemos más tarde del Rosario porque hay Círculo. También había noches de ensayo alrededor del órgano que tocaba el señor cura o una moza de Acción Católica, se aprendían las canciones de las Misas grandes, del mes de las flores, del Corpus, de Las Candelas..., y en diciembre se ensayaban los villancicos.