"En Enero sobre el dedo.
En Marzo sobre el brazo.
En Abril sobre el cuadril
y en Mayo, de largo a largo."
Este
dicho o refrán; nos indica cómo y dónde empezamos a dormir la siesta
en los distintos meses; hasta la llegada del calor, que ya se duerme
tendido en el suelo o en la cama.
Cuadril;
llamamos en el pueblo, a los dos laterales salientes donde se apoya el
inicio de la pared, inclinada o recta, que hace de campana en las
chimeneas de lumbre baja; situada por aquel entonces, en las cocinas de
todas las casas. Sentados a la lumbre, se retira la silla hacia el
cuadril y se apoya la cabeza en dicho cuadril.
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Los
días son los más largos del año. Las jornadas de trabajo en el campo,
de sol a sol, se duplican o triplican en horas; debido a los madrugones
de las dos, o las tres de la mañana. Los trabajadores y trabajadoras
del campo se ponen en marcha, con los animales y el carro, para ir a
fincas que estan muy alejadas de casa.
En
las horas centrales del día, el sueño y el cansancio acumulados hacen
mella. Las horas más fuertes del calor se dejaban pasar en la siesta.
En
la época de la siega, había segadores que tenían que quedarse todo
el día en el campo, para ganar tiempo. Algunos, hasta se iban por días
y noches enteras, o semanas, Y allí mismo, sobre la tierra, a la sombra
del carro, o en el mejor de lo casos, a la sombra fresca de los
árboles, se sentaban a comer y se echaban luego en el suelo a dormir
la siesta. Había alguna finca que otra que tenía casa de campo, pero
las menos.
Sólo cuando
estaban en fincas cercanas al pueblo, se iban a comer y a dormir la
siesta a casa. Pero eran pocos los que podían dormir en una cama al
frescor de las paredes. A la penumbra de la habitación. Al silencio.
A la despreocupación de las mulas y de los burros y burras. A la
tranquilidad de que pudiera picarte algún bicho.
A la seguridad que daba estar " a cobijo" en el caso de que se
presentara "un nublau" una de las muchas tormentas fuertes
que frecuentaban aquellos veranos. Apenas si se salvaba algún año de
las crecidas del río. Crecidas que enlagunaban huertas y eras, echándose a perder hortalizas y grano.
Sin
embargo, en la temporada de "acarrero" y de trilla, se iba todos los días a comer y a dormir la siesta a
casa. Siestas a menudo interrumpidas, porque amenazaba tormenta. Pocas
veces teníamos lo niños que despertar y avisar a los padres de una
tormenta, eran siempre ellos, los que en un duerme-vela producido
por el temor a los -nublaus- se levantaban de prisa; había que recoger
la parva, los animales..., barrer el solero... Impedir en lo posible los daños.
(Por la mañana, galvana,
a medio día, calor,
por la tarde, los mosquitos
no quiero ser labrador).


Posiblemente sea la tradición de "poner el Mayo", una de las más arraigadas en muchos de los pueblos, no solo de Castilla sino de toda la Península. Cuanto más alto sea el "mayo" más bizarría y valentía tienen los mozos del pueblo siendo igualmente quienes desde algún plantío deberán trasladarlo a su nueva ubicación: la plaza de la Iglesia, antes era en la plaza del Ayuntamiento.
Después de rescatada la viga, se comienza a altas horas de la madrugada a elevar y plantar el que será mayo de ese año. Esa viga llega con frecuencia a medir más de 20 metros de alto y pesar hasta 1500 Kilos, y además es adornada por una frondosa copa de pino en su extremo final. Los jóvenes se las ingenian como buenamente pueden, utilizando en el proceso: maromas, horquillas (antes carros), remolques tractores, además de la suma de todos los brazos afanándose por conseguir la verticalidad del "mayo", encajando su base dentro de un hoyo previamente realizado en el suelo y fijándolo en su estabilidad mediante piedras y tierra pisada. Tan compleja ingeniería requiere, la demanda de refuerzos, ya que la despoblación rural hace disminuir los componentes de quintos y allí vemos prestando ayuda: padres, tíos y hasta abuelos. Es por lo que podríamos decir que, en nuestro pueblo, “el poner el mayo” esa madrugada del día 1 de mayo es una fiesta generacional, sin olvidar el protagonismo de los quintos y quintas.
Ya el mayo está levantado, pero de él cuelgan las maromas que han servido para su ascensión. Ahora viene la acrobacia del quinto que trepa hasta media altura del chopo y desata tales sogas.
La presencia de este "gigante", en la plaza de la Iglesia, rompe con la monotonía invernal para anunciar la primavera y la estación de la luz. Han contribuido a ello los quintos y acompañantes en una madrugada larga y alegre, donde todos han sido obsequiados con jamón, chorizo, dulces y bebidas.
Todo esto no deja de ser una manifestación cultural más de nuestros pueblos, que aunque olvidando su trasfondo histórico y simbólico, luchan por el mantenimiento y supervivencia de unas tradiciones que no dejan enterrar.