Flores en el muladar, pastos, herbazales o praderas.


Merendera - montana,  Quitameriendas
Foto de Azucena García Ramos.
Flor "Quitamemeriendas" este nombre hace referencia a que, cuando florece, las tardes empiezan a ser más cortas y se empieza a cenar antes suspendiendo la merienda de nuestro menú diario. Otro nombre es el "Ahuyentapastores" o "Espantapastores" indicando que, al florecer, debían empezar antes a recoger el ganado, ya que las noches ganan tiempo al día. (Información recogida en Internet.)
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Recuerdo el color lila-morado de las eras que coincidía, casi siempre, con la bajada de temperaturas anunciando el otoño. Donde más florecían era sobre los pequeños restos de paja que habían dejado las máquinas de limpiar en las eras. Cuando estas flores estaban en su esplendor, el verano había quedado atrás, el tiempo era más fresco y ya casi todos íbamos de manga larga abrigados con el jersey o la rebeca de lana.

El final del verano



 Verano de 1959

Los forasteros ya semanas que se marcharon.  Han vuelto a sus trabajos en la capital.  Hemos ido con ellos hasta el cruce, a coger el coche de línea.  Niños y mayores los acompañamos para despedirlos y ayudar con las maletas y los bultos.  Nos da pena que haya llegado ese momento, que se vayan los tíos y los primos, pero tienen que marcharse...

El pueblo ahora parece más pequeño, se siente como más vacío, como un poco más triste.  El calor ha bajado su intensidad y el aire racheado sacude las ramas de los árboles haciendo sonar las hojas maduras.  De cuando en cuando, el viento tira alguna de las hojas que ya andan secas y las hace chascar contra el suelo.  Se escapa un chubasco ligero y del campo llega un olor a húmedo, a fresco.

Los días se han ido acortando considerablemente.  Al anochecer el aire se vuelve más fresco, de chaqueta de lana o de jersey. Hay que poner ya un poco mas de lumbre, una lumbre más grande que además de hacernos la cena, calentara la noche, al menos, por los alrededores de la camilla.

Las tareas veraniegas del campo han tocado a su fin, la cosecha ya está recogida y en casa.
Los hombres del campo, ahora andan por la huerta y echan ratos a recoger leña y cargar del todo la tenada para el tiempo frío que ya va apuntando.  Los niños volvemos la mirada hacia el cabás y lo vamos sacando de su letargo, hay que renovar cuadernos, reponer el plumier de pinturas de colores, pizarrines, lapiceros, gomas..., cambiar el forro a la enciclopedia de primero, que ya queda de repaso, y comprar la de segundo grado, y un forro de esos nuevos de plástico con dibujos de cuadros, que traen un ventanilla transparente para poner tu nombre, aunque si son muy caros, seguiremos poniendo el forro de papel, que también hay papeles bonitos.

Las madres andan repasando la ropa de otoño del año pasado, a ver qué nos sirve y qué no.  Si hay que sacar las costuras o el bajo, si hay que echar un trozo más de manga a los jerséis, y otro poco en los elásticos del talle, hemos crecido casi un año más, y eso en la ropa y en el calzado, dicen las madres, se nota mucho.  Después de apartar las prendas que ya no valen, lo que queda pequeño, calculan cuánto habrá que comprar nuevo o qué se puede confeccionar en casa, poco a poco, rato a rato, tarde a tarde, aprovechando hasta los últimos rayos de luz sentadas a la solana.

Las madres, aunque tengan que hacer alguna que otra salida a las huertas o a los campos, agradecen el final del verano, porque ya no tendrán que salir tan a diario a las tareas de los hombres, ya estarán más por casa, atendiendo sus cosas y sus casas desatendidas durante los meses de verano. Como sin darnos cuenta, los días se han ido haciendo más pequeños, más cortos, las vacaciones del verano ya han llegado a su fin.

En el cruce con los primos.
 En este sidecar, de un familiar y vecino, subieron parte  del equipaje al coche de línea.
Después, a moto parada, nos dejó montar a todos.
Yo me asomo a la curva de la carretera porque se oía el ruido de un coche
 que, por entonces, apenas si se veían.

Empieza a refrescar, los días se nublan y el viento sopla ya con más frecuencia.  Ya va despuntando el otoño y volvemos al calor de los braseros sobredorados y no, a la contemplación del crepitar de las brasas, sentados a la lumbre.  A la vuelta temprana de los padres a casa.  Al adelanto de la hora de la cena, a las tertulias y a las visitas.  Aunque pueda no parecerlo, ya lo estábamos echando en falta...

Los niños echábamos de menos el estar todos juntos más tiempo, y ya estamos otra vez alrededor de la mesa, mientras arde la lumbre; contando cuentos y cosas, mientras dibujamos o jugamos.  Mientras las madres sacan  unos bajos a las faldas, mientras los padres echan cuentas sobre simiente, mineral y piedra-lipe, mientras, al rescoldo de garrobaza se hacen unos garbanzos-salaus, unos trigomillos de palomitas, o se tuestan unas almendras.  Noche a noche, vamos volviendo a la costumbre de dormir a las horas de dormir, porque pronto empezará la escuela.

Las mulas y el burro andan extrañados y hay que dejarlos sueltos un poco más tiempo cuando salen a beber agua, para que se peguen unas carreras y tiren cuatro coces al aire, para que se desfoguen lo que da de sí el tamaño del corral antes de volver a la quietud de la cuadra.
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del libro "Crónicas a la Luz del Candil"

Ultimando las tareas estivales


Con la última parva, esta ya de garbanzos, se daba por finalizada la trilla.  Se barría definitivamente el solero por este año, y aparecía en la era la máquina de limpiar. Ahora tocaba separar el grano de la paja, y estas máquinas facilitaban mucho este trabajo de aventar, aunque, había que hacerlas funcionar a fuerza de manivela, de darle a la manilla de contino y, a base de bien, cambiando de mano y turnándose hasta que, poco después le adaptaran un motor al mecanismo, y ya no había necesidad de utilizar la manilla.
Cuando la máquina de limpiar se hacía presente en la era, los niños nos poníamos muy contentos, y se respiraba con otra alegría, con esa alegría de que el trabajo del verano estaba llegando a su fin.  

Los niños ayudábamos a sacar el grano con una pala, entre el ruido del motor, el calor y el polvo de la paja. Los mayores cargaban la tolva con la brienda, vigilaban el grancero cambiaban los cribos y retiraban la paja. Luego, con la media fanega, envasaban los muelos de grano en los costales, los subían al carro y lo llevaban a casa a subirlo al sobrau o a ponero en la panera. Y así, día tras día hasta que se terminaba el parvón, hasta que se terminaban todos los parvones de la era.
Hoy por unos y mañana por otros, se da aviso a los mozos y a los hombres de la familia y del entorno de vecindad y de amigos, o se ofrecen ellos mismos a ayudar a meter el grano.  Los niños ayudamos a abrir la boca de los costales y de los sacos, alargamos a los hombres las lías de atar y recogemos y amontonamos los muelos que con el trasiego se van desparramando.  


El cielo nublándose y esa manta sobre el animal bien podrían contarnos que estamos a unos días del otoño.
Mientras, la mujer de la casa, prepara una merienda contundente para todos, para niños y mayores, para los hombres que se han pasado el día midiendo con la media fanega, llenando, cargando con los costales y sacos, cargando y descargando el carro, subiendo y bajando las escaleras del sobrau o yendo y viniendo hasta la panera.

A continuación se despejan y se limpian los pajares para albergar la paja nueva y la garrobaza que dará alimento y cama a los animales de labor, cama para las pocilgas y combustible para las lumbres de un año entero.
Para el acarreo de la paja, a los carros le ponen unas redes mas tupidas, y carro a carro, entre niños y mayores, se va descargando en los pajares, o bien a cuévanos, a medios cuévanos o a briendadas echadas por el bucarón o ventana del pajar.  Mientras las descargas de paja van tomando altura, los niños esperamos muy contentos y ansiosos la entrada al pajar.  Nos gusta mucho encalcar, lo pasamos muy bien, dando saltos tumbos y volteretas sobre la paja como si todo el espacio del pajar fuera una cama elástica.  Aunque terminemos rebozados en paja de los pies a la cabeza, merece la pena por las risas y las juergas que nos pasamos.  A la orden de los mayores, nos metemos en el pajar a saltar y a "encalcarlo" bien para que quepa más, para que quepa toda la paja que hay en la era.

Durante unos días el suelo de las calles es un continuo reguero de paja, de unas eras y de otras, de un pajar y de otro.  Las vecinas protestan un año más, que no dan abasto barriendo las puertas, y que hay que ver cómo se mete todo el rehugo por las ventanas y por las puertas, y no digamos cuando se levanta el aire que se lo lleva hasta los tejados y lo baja por las chimeneas..., y todos los años igual ¡por Dios bendito...!

Se guardan las hoces de siega, la vimadora, las redes de los carros y los estacones, las tornaderas y briendas.  Se guarda la máquina de segar, la de limpiar, la rastra, los sacos, los costales, la media fanega, el rasero y los tres celemines.  Se recoge el trillo, las escobas de abaleo y de ajunjeras, el motor de riego, los sombreros...
Se guarda todo hasta el verano que viene.
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Del libro "Crónicas a la Luz del Candil"

La llegada de la tele


El 15 de diciembre de 1960 vimos por primera vez una tele, yo y un motón de niños más, lo primero que vimos fue la gran boda retransmitida desde Bélgica.
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A la hora de comer, hora sagrada en el pueblo de cada uno a su casa, la gente se amontonó en el bar Norte. Ocupamos todos los bancos y todo el espacio libre que quedaba entre los asientos y por cualquier rincón.

Los jueves los niños salimos de la escuela por la mañana y ya no teníamos clase por la tarde, así que, algunos dejamos el cabás en casa otros no, según nos cayera en camino, y nos marchamos corriendo al bar a ver qué era y cómo era eso que llamaban televisión.
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En lo alto de la pared del fondo estaba el televisor colocado encima de una palomilla bien clavada y bien orientada, se ve bien desde todos los lados, decían. Aquello era lo más parecido a una caja cuadrada de madera brillante, como barnizada, y en uno de sus lados un cristal ovalado de color verde claro y cerca del cristal tres botones para poner en funcionamiento el aparato.

El señor del bar subido en una silla manipulaba los botones de la televisión para quitar las interferencias y la nieve de la pantalla, decía, y darle más voz, para que se oyera bien.
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Detrás de la barra, el otro señor del bar no daba abasto despachando cacagueses, cafés y gaseosas, que a esas horas, o sea, a las horas de comer sin haber comido, se vendían muy bien.
El frío de diciembre había desaparecido, la estufa de leña ardía que era un gusto y el turbión de gente retenía el calor en el bar.
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El señor que manipulaba la tele, pidió silencio, y que cerraran los cuarterones de todas las ventanas, que, medio a oscuras, era como mejor se veía el televisor. Pasados unos minutos aquella pantalla de cristal verde claro empezó a iluminarse y apareció la boda de los reyes de Bélgica Balduino y Fabiola.
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Con la llegada de la tele, los bares empezaron a recibir mucha más gente, hombres, mujeres y niños, todos a los bares, incluso en las tardes de entre diario. Las tardes de los jueves íbamos a ver el programa infantil "Silla de Pista " Los Picapiedra" doblados en español mexicano. Recuerdo el asombro que nos causaba oír hablar en mexicano, nos sonaba bien, nos divertía mucho oír lo que nunca habíamos oído hasta entonces, hablar nuestro idioma con semejante acento...
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Poco a poco, la tele fue entrando en algunas casas, decían que si no tenías tele estabas como fuera del tiempo, como fuera del mundo....
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Tuvieron que pasar entre diez o quince años más, hasta que la tele llegara a todas las casas del pueblo.
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Fragmentos de "Crónicas a la Luz del Candil"

San Roque




<<... Son como las doce de la mañana. Los hombres, mujeres y niños del pueblo están trabajando en las eras, en las huertas o con los últimos viajes del acarreo. El pregonero del pueblo anda por las esquinas echando el pregón, para que esta noche, acudan los hombres a la junta, asunto a tratar; los toros y las fiestas de San Roque, sigue diciendo el pregón, que se celebrará en el consistorio, que se abrirá al público recién anochecido.
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Ya están haciendo los hoyos en la plaza, los hoyos donde irán metidos los postes de madera que aguantan el tablao en el que se acomodan las autoridades y la orquesta.
Los padres hacen cálculos con las labores del campo, sobre la fecha en que podrán ir a poner el carro y formar así la plaza de toros entre todos los carros que van llevando los vecinos del pueblo. Los niños ya hemos contado cinco carros en la plaza.
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Las madres, entre tarea y tarea de los quehaceres del campo, embarran las casas, encalan las fachadas, y le dan polvos "coloraus" y de "muñicas" al piso. Hacen viajes a Toro para comprar las telas de los vestidos de estreno, los zapatos y las sandalias.
Entre tarea y tarea del campo, las madres preparan los postres en las tardes de víspera, cuando se termina de fregar la loza de la comida y de recoger la cocina. Es en el silencio de la mientras siesta cuando las calles del pueblo empiezan a oler a vainilla, a aromatizante de "Flanín el Niño" a flan, a azúcar caramelizado, a leche frita, a arroz con leche, a chocolate, a natillas con galletas y a bizcocho casero.
En el horno de las tahonas se hacen las pastas, las magdalenas de aceite, esas que se hornean en moldes metálicos individuales, y las mantecadas de almendra en los moldes redondos de papel rizado o en papel liso, al que hemos dado forma cuadrada, a mano. El olor a San Roque sale también por las chimeneas de las tahonas.
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Empiezan a llegar las tómbolas, los carruseles, las barcas, las cadenas o sillas voladoras, el tiovivo, los tenderetes de juguetes y golosinas, el puesto de los churros, el señor que deambula por la calle cargado con su juego de ruleta de barquillos, los primeros helados, los helados "de mantecado" con sabor a vainilla servidos con unas pinzas aboladas en un cucurucho de galleta. Los camiones de refrescos que surten los bares y cafés, entran en caravana por el Camino Toro.
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Los carpinteros o carreteros del pueblo van y vienen del taller con tablas y postes, hay que atajar las calles. Los mozos y los hombres del pueblo arrastran los carros de labor hasta las bocacalles por donde entrará la manada de toros y cabestros camino de los toriles.
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Los maletillas llegan a pie, andando los caminos de fiesta en fiesta, de plaza en plaza, de pueblo en pueblo. A dormir en la calle o en el campo, a comer a voluntad de la gente, año tras año. Hasta que se oye decir, a tal o cual otro, lo mató un toro, o aquel tan bueno, ya tomó la alternativa. Vestirse de luces, dicen ellos, está por encima del miedo y de las calamidades del camino. Vestirse de luces es mucho más grande que el miedo más grande. Merodean la calle de la verbena y los exteriores de la plaza con el hatillo a cuestas. Calzan botas camperas de tacones gastados y borlas espeluchadas, embutidas en pantalones estrechos de talle alto, la camisa blanca o colorada con las mangas remangadas y los faldones anudados a la boca el estómago. Tienen el talle muy fino, como de chico pequeño y carita de hambre disimulada bajo una gorra visera dos tallas más de su tamaño. Los mozos, algunos mozos en solidaridad los convidan a "echar un cacho" a las bodegas porque los ven muy delgados, el de las greñas el que más, está como un alfilitero. "Está que pisa un huevo y no lo rompe" que diría Miguel Delibes.
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A la corrida del día de San Roque las mujeres van cargadas con la silla de enea, el abanico, la pamela de paja o un pañuelo bonito a la cabeza, la sombrilla, algo de merienda y el botijo del agua. Los hombres con sombreros de paja, se han echado al hombro la calabaza o la bota del vino llena de limonada. Se respira alegría, mucha alegría por parte de todos, hombres, mujeres, niños, chicos y grandes. Toda la gente anda contenta. Los hombres acompañan a la familia hasta su carro, y ayudan a subir a las mujeres, a los niños y a las personas mayores, pero ellos no se sientan en las sillas, se quedan entre los carros como haciendo guardia al acecho del "cerrado" de la plaza. Aunque ellos dicen que, es que los toros se ven mejor desde abajo. Cuando suenan los clarines, los clarines de la emoción y del miedo anunciando que se abre la puerta del toril, las mujeres le piden a gritos que se suban a los carros que ahí abajo hay mucho peligro, pero no hacen caso.
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En el intermedio del baile vemos a los maletillas cruzar la pista vacía con el hato al hombro. Se van, se van andando la noche a otros pueblos, donde mañana por la tarde, correrán la misma suerte en otra plaza hecha de carros después de un descanso a la intemperie en una cama de tierra. Algunos se acercan  para darle un apretón de manos deseándoles suerte. El señor del puro, además, les ha dado un billete de quinientas pesetas...>>
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-La Fiesta Grande-
Fragmentos de "Crónicas a la Luz del Candil" 



La fascinante vidilla que ocultaba la mientras siesta



<<... Los días son más largos. Las jornadas de trabajo en el campo, de sol a sol, se duplican en horas debido a los madrugones de las dos o las tres de la mañana. Los trabajadores y trabajadoras del campo se ponen en marcha con las mulas y el carro, para ir a las fincas que están lejos del pueblo.

En las horas centrales del día, el sueño, el calor y el cansancio acumulados hacen mella. Los ratos más fuertes del calor se dejaban pasar en la siesta. Siestas, a menudo interrumpidas, porque amenazaba tormenta.

De vez en cuando, en la mientras siesta, hacíamos corrillo en una sombra de la calle, alrededor de alguna persona mayor que, en tono muy, muy bajo nos contaba anécdotas del pueblo, historias de antes, cuentos de Calleja y otros cuentos con tintes de miedo. Todavía recuerdo cómo conseguían silenciarnos a todos.

En las casas se preparaba en lo posible el ambiente de las horas sagradas, de las horas de la siesta. Se cerraban con tranco puertas, ventanas y cuarterones, se bajaban las persianas, se extendían y se sujetaban las cortinas quitasoles. Todo, con tal de que no pasara la luz ni el calor. Había que mantener la casa en penumbra y lo más fresca posible, así se evitaría en algo el vuelo de las moscas que eran las visitantes más constantes, molestas, pesadas y resistentes durante el calor. A pesar de que se colgaran del techo cintas adhesivas atrapa moscas, y los platitos cenicero, repartidos por muebles y mesas de toda la casa, con aquel azúcar de color rosa que venía envasado en sobres de papel. Azúcar rosa, especial para matar moscas.

Y así, en cada casa. Y así en cada calle... El pueblo entero parecía dormido. Solo el ambiente de bochorno y el viento abrasador que a veces bramaba; golpeando puertas mal ajustadas, levantando brujas de polvo, papeles, brozas y corre mundos. Solo el viento transitaba en total libertad adueñándose del pueblo y rompiendo el silencio de las calles vacías... Era, la hora de la mientras siesta La fascinante vidilla que ocultaba la mientras siesta.

Nos íbamos al sitio de la casa que estuviera más alejado del dormitorio de los padres. Se entreabría un resquicio del cuarterón de la ventana, para que, por las rendijas de la persiana se colara la luminosidad suficiente y escasa, que los ojos de los jóvenes necesitaban para poder leer, escribir coser o, ver fotos y postales. Todos, sentados en corro junto a a luz. Sentados en el suelo por ser el asiento más grande y más fresco, comenzábamos las horas de la siesta. Era, el mejor momento del día. De estar juntos; amigas, primos, vecinos y hermanos. De aquellos tebeos y cuentos que nos iban introduciendo en historias de bosques y de vidas encantadas.

Se escribían cartas a los chicos. Nos hacíamos confidencias. Aprendíamos coplas en aquellas cuartillas de colores que vendían los cantadores y vendedores de coplas, coplas que hablaban de romances felices y de penas de amor. Los chicos leían "El Capitán Trueno" " Roberto Alcázar y Pedrín" "El Jabato" Y aquellas colecciones de cuentos guardadas en las cajas de lata del dulce de membrillo, estos cuentos pequeñitos entraban en las libras de chocolate. Chocolates "El Alba" de Vezdemarbán, Zamora.

Las chicas mayores se pintaban la cara y las uñas, a escondidas, y se copiaban los peinados de los personajes femeninos de Corín Tellado peinados que deshacían antes de que terminara la siesta.

De cuando en cuando, nos sorprendía una absoluta oscuridad seguida de truenos, relámpagos y caída de chispas o rayos. Tormentas secas con rachas de viento huracanado y gran aparato eléctrico que, a los ojos y los oídos de los niños resultaban aterradoras. Recuerdo cómo retumbaban por todo el pueblo los zambombazos de las bombas que tiraban los hombres de la Hermandad, bombas para abrir la nube y debilitar así la tormenta, o que descargara su furia en forma de lluvia.

Cómo olvidar que muchos de estos niños y niñas chicos y chicas, habíamos estado en el campo de noche, muy de madrugada; ayudando a nuestros padres en el acarreo de la mies, y que después de siesta, volvíamos de nuevo al trabajo con una amplia sonrisa ojerosa; era la marca feliz de las horas de la mientras siesta robadas al sueño...>>
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Fragmentos de "Crónicas a la Luz del Candil"

"Tío Babú"



El día que fue el retratista a la escuela.

En la escuela, esta mañana no damos la lección, estamos esperando al retratista.  Esta mañana nos  hemos levantado más temprano que de costumbre para ponernos guapas con los vestidos, la diadema y los lazos de los domingos.  Hoy nos hacen una foto en la escuela a todos los alumnos del pueblo, una foto para el recuerdo, dicen, para un bonito recuerdo que todos vamos a tener de los días de escuela.  Nos han explicado ayer que  nos la van a hacer en la calle, en la fachada de las escuelas,  sentados uno, a uno, en una mesa pupitre que van a sacar de la clase  para hacernos el retrato.

Y ahí vamos todos los niños, bien temprano tó felices hoy a la escuela, cruzańdonos por la calle, cada uno a su escuela.  Los chicos también van vestidos de domingo.  Hoy es un día  de escuela muy especial, nunca antes habían venido a hacernos  fotos.  Como cada día, hemos traido el cabás, pero ni lo hemos abierto.  No paramos de cuchichear, hablamos todas con todas y nos reímos de cualquier cosa, mientras nos atusamos el flequillo, las coletas, la diadema, los lazos y los cuellos de la blusa y de la chaqueta, y, nos sacamos las  pulseras de entre los puños de la rebeca o el jersey para que salgan bien en la foto.

La maestra nos deja hacer, haciendo tiempo.  Nos dice que , al menos, cantemos esas canciones que hemos ido aprendiendo en la escuela, entre ellas, la copla del Tío Babú que nos gusta mucho a todas.  A la señora maestra también.  Ella nos explica, como casi siempre cuando la cantamos en clase, que "esta copla fue, y seguirá  siendo popular, verídico o no, llovió mucho o no por todos esos pueblos, nos fuimos enterando por esta copla que los contadores de coplas divulgaban por entonces".  Y ya estamos nosotras a esas horas de la mañana cantando a voz en grito, la canción del "Tío Babú".

Agua viene por Bardales
tío Babú, tío Babú
También por Valdelespino,
los albillos de Marialba
tío Babú, tío Babú
se los ha llevado el agua.


Veinticinco mozos iban a la boda
no eran veinticuatro
que eran veinticinco,
que falta la novia
que falta el padrino
veinticinco mozos iban de camino.

Ya no voy por agua al Caño
tío Babú , tio Babú, tío Babú
voy a los Cinco Pilares
desde allí veo venir
tío Babú tío Babú,
tío Babú
los que vienen de Bardales.

El señor mayor que ha venido a la escuela a yudar a sacar la mesa pupitre a la calle, y a colgar el mapa en la pared, dice, que él había oído contar la historia a unos señores muy viejos y que estos señores tan viejos, le contaron la historia del tío Babú otros viejos, lo más viejos del lugar cuando ellos era niños..., que las coplas son así, van de boca en boca, por los años de los años, y que iba a intentar recordarlo todo y contárnosla tal y como se la contaron, siempre y cuando la maestra diera su permiso, permiso que le fue concedido para alegría y contento de todas las alumnas, y con el permiso de la señora maestra se acomoda en una silla y empieza a contar.
Mientras, vamos haciendo tiempo a que llegue el retratista, a que termine de hacer los retratos en las escuelas de los chicos y en las escuelas de arriba.

"Contaban  y dicen y enredan;  que el señor Babú veía sufrir a la gente  por la sequía,  por la falta de lluvias, y, se propuso el hombre alegrarles el día y, no  se le ocurrió otra cosa mejor que  meter el caballo en el río y empaparlo bien, y su capa y su ropa de vestir, y todo él dentro del río.  Sobre la "mojadura" esparció unos puños de la arena del rìo por encima del penco y de la capa.  Y jinete, trola y caballo, embarrados y encharcados, se echaron a los caminos cabalgando por el término para hacerse ver en los pueblos de los alrededores. Pueblos en los que el tío Babú era conocido y gozaba de cierta credibilidad..., con la única intención de que todos le preguntaran por "esa empapadura" y contar a las gentes lo del aguacero que había caído por el término.  Y, movía y escurría la capa haciendo "esparavanes" para dar más qué decir y qué preguntar. Y, claro, le preguntaban."

-A ver, un momento-interrumpió la maestra-una niña..., tú misma Celia, sal a la esquina a ver si se ve venir al fotógrafo...
-Sí señora, pero, ¿pueden esperar hasta que yo vuelva sin contar nada?
-Claro, claro que sí-dijo la señora maestra riendose-anda..., anda y no tardes.
A los pocos minutos ya estaba de vuelta la niña, llegó corriendo medio sofocada
-Nada, señora maestra, no se ve a nadie.
-Gracias Celia.  Puede continuar con la historia

"Y claro, los vecinos de los pueblos le preguntaban:
-¿Cómo viene usté así tío Babú, es que ha llovido? Y el tío Babú asentía con la cabeza a la vez que decía, lo que es llover, llover, no señora mía, ha diluviau.
-No diga usté, no diga... ¡Chicas, chicas!  Pues no va el tío Babú y dice que ha caido un chaparral... Venir, venir a verlo que viene empapau.
-¿Que si ha llovido? quia, en Bardales mucho, pero más en Valdelespino.
-¿Tanto, tío Babú?
-Tanto y más.  Los albillos de Marialba se los ha llevado el río... Y a uno o dos mozos que, dicen, que iban de boda, que si los  habría arrastrau la corriente...

Y así pueblo por pueblo, contando a las gentes todo lo que había llovido por Bardales y también por Valdelespino, y que los albillos de Marialba se los había llevado el agua.  Y en un principio, al parecer, la gente lo creyó.  Y se  apenaban por los de la boda y se congratulaban por lo de la lluvia que buena falta hacía.  Pero..., la verdad era, que no había caido ni gota, que todo había sido una farsa. Descubierta la mentira quedó también en boca de todos.  Y  esto hizo que, en la temporada de calor, las gentes le saludaran así;
-Cómo llueve por Bardales tío Babú.  Y él respondía:
-También por Valdelespino.
Este hecho, esta gran trola, se hizo muy popular y corrió de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad. Los cantadores  y contadores de coplas, chismes y sucesos, le sacaron cantares.  Entre juglares y "romanceros" catapultarían en el tiempo al tío Babú; a ser  recordado por los siglos de los siglos.

Cómo llueve por Bardales
tío Babú, tío Babú
También por Valdelespino,
los albillos de Marialba
tío Babú, tío Babú
se los ha llevado el agua...

Y hete aquí, que a los pocos días llovió y no llovió solo un día, comenzaron las lluvias, que llegarían porque ya estarían de llegar y se acabó la sequía. Y cuentan y dicen, y dicen y enredan, que aquello de que llegaran las lluvias fue cierto y se dio por terminada la sequía sin riadas ni aspavientos."


Agua viene por Bardales
tìo Babú tío Babú,
también por Valdelespino
los albillos de Marialba
tío Babú tío Babú
se los ha llevado el agua

Veinticinco mozos
iban a la boda
no eran veinticuatro
que falta la madre,
que falta la madre,
que falta el padrino
veinticinco mozos
iban de camino...

Cantando y recantando la canción del tío Babú, llegó,  por fin llegó el retratista. En seguida sacaron a la calle una mesa de esas de pupitre de tablero inclinado  y la pusieron contra la pared y en la pared colgaron el mapa de España, el mapa grande de tela, para que saliera en el retrato.  Encima de la mesa del pupitre pusieron la esfera grande del globo terráqueo, unos cuadernos y unos lapiceros.  Una a una, nos iba colocando  en la mesa y nos echaba la foto haciendo como que escribíamos. Cuando decía el fotógrafo, mirábamos al  objetivo y disparaba. Estábamos encantadas curioseando todo.  Mirando cómo sacaba  las fotos, sin perdernos detalle hasta que terminó, que terminó bien pasada la hora de la salida de la escuela.
Aquella mañana nos fuimos tan contentas  casa.  Qué bueno aquel día de escuela, que, sin haber abierto el cabás, nos llevábamos con nosotras la historia del tío Babú y la ilusión de esperar al revelado de los carretes que "inmortalizarían" el día de hoy en una imagen sepia, o, en blanco y negro, enmarcada o no, en todas las casas del pueblo.
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"Crónicas a la Luz del Candil"