Vueltas alrededor de la Iglesia: Villabuena en la memoria

Bendición de animales

Nos contaban los abuelos que los 17 de enero se iba a dar vueltas a las inmediaciones de la Iglesia a bendecir a los animales. El ganado de labranza iba con sus arreos más bonitos, haciendo sonar cascabeles en los adornos. Las crines bien cepilladas o recogidas en trenzado con cintas de colores. Estrenaban mantas, sus mantas burgalesas, nuevas, para aguantar mejor la crudeza del invierno.

Este día le poníamos un pienso más rico por ser su fiesta. A las gallinas le echábamos conchilla en la avena y las mulas empezaban la bola grande de sal que habíamos comprado en el comercio del pueblo. Se la poníamos en el pesebre y las mulas lamían como si fuera una golosina de caramelo blanco. Como críos, nos gustaba mirarlas cuando estaban en la cuadra dando lengüetazos a la bola de sal. Nuestros ojllos no legaban a la altura del pesebre y teníamos que ponernos de puntillas, para poder mirar un poco más alto nos rescolgábamos de los bordes del pesebre.

El cariño que le teníamos a los animales de labranza era muy grande. Los niños sabíamos que trabajaban mucho, que trabajaban para nosotros para darnos de comer y para poder comprarnos las cosas.
Que iban todos los días al campo y a la huerta con los padres a ganar el pan.
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Fragmento de Crónicas a la Luz del Candil

... Todos los zapatos relucientes


<<... Nos pasábamos buenos ratos mirando chimeneas, por dentro y por fuera, calculando la anchura, a ver si podían caber por allí los tres Magos, o uno solo, o qué. Y ¿cómo van a entrar a la casa de ese niño que le han puesto la cocina económica y la chimenea es un tubo estrecho que además va cerrado? Qué mal..., hasta que dijo su madre que esa noche tendrían que dejar la puerta entreabierta.

Teníamos más que aprendido, que la noche del cinco de enero, había que poner los zapatos en el hogal, los zapatos más nuevos, sin rastro de barro, bien limpios, todos los zapatos relucientes.

Sabíamos también que había que irse a dormir un poco más temprano, y que no valía mantenerse despierto, porque si no, los Reyes no pasaban por tu casa, y aunque pasaran, como oyeran un ruido de esos como si estuvieras despierto o acechando, se iban inmediatamente y se llevaban los regalos, y solo te dejarían carbón o nada, igual que si te hubieras portado muy mal.

Aún así, en la mañana de Reyes siempre había quien aseguraba que había oído como "relinchar" a un camello, o unas pisadas, o que alguien dejaba un vaso o un plato sobre la mesa. Y, bueno, tampoco había que olvidarse de dejar agua y un poco de paja con unos granos de cebada para los camellos, y un poco de leche con bollos, galletas o turrón para los Reyes, porque tenían que ir reponiendo fuerzas durante la noche, para aguantar el frío y poder con todo el trabajo que debían tener.

Las sensaciones que a cada cual nos llenaban de regocijo, no hace falta que las mencione, además no me atrevo, cada uno guardamos en nuestra memoria infantil aquellas mañanas de júbilo, aquellos días de Reyes irrepetibles en el tiempo...>>
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Fragmento de Crónicas a la Luz del Candil

... Una tarde de estas

- foto actual de Eduardo Calzada -
<<... Una tarde de estas salíamos de la escuela con el cabás en una mano y la estufa infantil, donde ya agonizaba el calor, en la otra. Las manos dentro de las manoplas de lana. Los pies fríos, a pesar de llevar calcetines gordos de lana y zapatillas de paño. El cuerpo a punto de entrar en tiritona, a pesar de las camisetas de interior, del viso, del refajo de punto inglés o de fino paño, del cancán, de faldas o vestidos de tejidos de invierno, de jerséis y rebecas de lana gorda, de la chalina, de la trenca o del abrigo con capucha.

Una tarde de estas, en el camino de la escuela a casa, al dar la vuelta a una esquina, te encontrabas con que, toda la calle, olía a fritura de adobo. En alguna de las casas las madres estaban haciendo la conserva ayudadas por las mujeres de la familia.

¡Había empezado el tiempo de la conserva!

Una tarde de estas, llegábamos a casa y habían descolgado el adobo, lo habían troceado en raciones individuales y en el orden que las madres y las abuelas sabían. Primero unas piezas, luego otras, pasándolas por la sartén: desprendiendo uno de los aromas más exquisitos que se puedan tener grabados en la memoria.

Una tarde de estas, llegábamos de la escuela tiritando de frío. Entrar en casa y encontrártela más caliente que de costumbre con ese olor a chorizo frito... Una tarde de estas era como estar de mondongo otra vez. Un mondongo que solo duraba un rato, un mondongo de media tarde. Esa era la impresión que te daba al entrar en casa, la cocina llena de cacharros grandes de teja, de baños y ollas, donde se iba colocando  todo.

La tarde de la conserva era una tarde gloriosa, una tarde como de fiesta, y alegre, como las tardes de las vísperas de la Nochebuena...>>

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Fragmento de Crónicas a la Luz del Candil

A la hora de la merienda: Villabuena en la memoria


A la hora de la merienda, las madres nos decían:

-Coger tres huevos y los lleváis a cambiar por un cuarto de membrillo o media libra de chocolate.

Todavía recuerdo lo ricas que nos sabían aquellas meriendas conseguidas con "trueque" Aquellas meriendas dulces que tanto se hacían desear, que tanto se hacían esperar.
Por llevar no sé cuántos cascos vacíos, de cristal, en el comercio nos daban unas golosinas, o un cucurucho de castañas "pilongas" o un cucurucho de "paciencias".

(El precio a granel de las desaparecidas Paciencias, en una exclusiva tienda de ultramarinos en La Plaza Mayor de Madrid, en el año 2012 era de 15 € el kilo)

Me encontré con ellas en el escaparate de esta tienda de alimentación. No pude por menos de no pasar y comprarme cien gramos. He de confesar que junto con la alegría que me supuso encontrarme con ellas, empecé a sentir algo de arrepentimiento al comparar los precios de antes con los de ahora. Pero, es que creo..., creo que no solo compré las Paciencias. Compré además, un poco de tiempo del pasado. Y supe que era eso lo que más había encarecido el paquetito de cien gramos a granel.

El tiempo era lo más caro. Y yo, indirectamente, cometí la osadía de querer comprar esa porción de tiempo.

El nombre, el color, la forma, el olor y el sabor, eran exactamente igual a cómo yo las recordaba, y eran también el regusto del hallazgo mezclado con cierta nostalgia.

Hacía casi cincuenta años que no las había vuelto a ver por ningún lado. Ni sabía ya nada de su existencia. Y deduzco, que el tendero también lo sabía. Él sabía todo esto. Sabía, que, además, en el mismo paquete, iba incluido un trozo de tiempo. Uno de esos trozos que te hacen regresar al pasado
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Fragmento del libro Crónicas a la Luz del Candil



El sumarro en la cena de la Nochebuena: Villabuena en la memoria XVIII



En el pueblo reina la helada, las capas de escarcha pintan el suelo de blanco, después la noche la hace brillar como si alguien hubiese derramado por el suelo unos paquetitos de polvos brilla brilla. El humo de las chimeneas llena las calles de olor a cena de Nochebuena. En el Nacimiento colocado en la repisa de la ventana, las figuritas de papel recortable, tiemblan al aire que se cuela por la rendija del cuarterón.

A media tarde en las brasas de la lumbre que se han ido haciendo a intención, las madres han puesto una trébede o una parrilla. Han descolgado el sumarro en adobo que se oreaba colgado de un varal al frío de diciembre, lo limpian, lo abren un poco más, le dan unos cortes en la parte superior y lo colocan sobre la trébede que se vaya asando al calor de las brasas incandescentes.

Durante horas habrá que cuidar la lumbre y las brasas para que la temperatura siga uniforme y moderada y habrá que cuidar del sumarro, ahora volviéndolo de un lado luego volviéndolo del otro hasta que se termine de asar que será justo a la hora de la cena.

De cuando en cuando, unas gotas de grasa chisporrotean el hogal. A los que están sentados al humor de la lumbre los levanta de un  un brinco y los hace retirar la sillas al temor de los chispazos. Pero todo queda en risas

Los niños, bien abrigados, alborotamos dentro y fuera de casa, yendo y viniendo a calentarnos los pies y las manos, andando y desandando las calles impregnadas de ese olor a Navidad que sale por las chimeneas. Nos quedamos pegados al cristal de los escaparates del comercio sin sentir el frío que acusan los pies, las manos y las caritas escareadas. Todos cantando villancicos y poniéndole música con las modernas panderetas de plástico decoradas con motivos navideños, otro niño toca, orgulloso, la zambomba que él mismo se ha hecho con un trozo de la vejiga del cerdo.
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Mientras, se ha ido asando el sumarro de la cena de Nochebuena sin pensar en si es o no una cena saludable, solo disfrutándola. Bendito sea.

Quintos: en la noche de Nochevieja pedían, de casa en casa, los "estilos y costumbres"



- Campamento Monte la Reina. Zamora año 1960 -

"...Amanecía el primero de enero. El Día el Año. Este día continuaba la fiesta de quintos. A los niños nos despertaban los tintineos de almerez y las voces de los quintos pidiendo el aguinaldo, cantando con el tono de siempre, letras de canciones diferentes que ellos mismos sacaban cada año según iban entrando en quintas.

Buenos días buenos años
a tu puerta hemos llegado
si quieres que te cantemos
sácanos el aguinaldo.

A tu puerta hemos llegado
cuatrocientos en cuadrilla
si quieres que nos sentemos
saca cuatrocientas sillas.

Marchaban los quintos, de calle en calle, bien abrigados y calzados con sus leguis, típicos, de material duro. Los mayores, orgullosos, de verlos, hablaban "cómo pasa el tiempo, ya ves, dentro de nada ya los tenemos sorteaus

Hablan de cuando ellos hicieron la mili -para mili mili, la de antes, de años y años- Hablan de los que iban por milicias, de los reemplazos a África, con lo cerca que tenemos Monte la Reina me cagüen tal... Hablan de cuando ellos iban a oír el sorteo, del que se iba voluntario poder aprender un oficio o estudiar, de los que se libraban porque coincidían con otro hermano o porque no tenían padre o por no dar la talla, o por tener los pies planos..."
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Fragmento de Crónicas a la Luz del Candil

Villabuena en la memoria: Los cuentos de miedo daban más miedo


"Hoy no vendría nadie a casa después de cenar, ni nosotros saldríamos a ningún lado. La anochecida se había puesto muy mala. Se había levantado ese airón que mete a la gente en casa. No hace noche de visitas. El frío y el aire se adueñan de la calle. La fuerza con que sopla hace sonar las puertas viejas. Ruge y silba alrededor de las casas y se hace oír empujando sus lamentos por el hueco de la chimenea como bramidos lejanos.

"Zumba sumbeiro, que yo buena obrigadiña me tengo"
      Decían los mayores para sacudirnos el miedo.

Con el aire, la luz eléctrica iba y venía a su antojo. No se podía coser, ni leer, ni hacer punto, ni dibujar. Hasta la hora de irse a dormir solo se podía hablar y contar cuentos.

A la luz del candil y al resplandor de la lumbre, las sombras se movían con el titileo de las llamas. Los cuentos de miedo daban más miedo y los cuentos de risa daban menos risa, pero sí nos entretenían y hacían que desviáramos la atención de los sonidos del viento"
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Fragmento de Crónicas a la Luz del Candil

Casas de tapial: Villabuena en la memoria XVII



Las casas de piedra y pizarra se construían en las zonas donde proliferaban estos materiales.

En el valle del Duero, en las zonas llanas de las riberas, predominaban las casas de tapial o adobe con armazón o tejado vegetal; como vigas de madera, cañizo, junco, carrizos y por encima  una capa de barro amasado con paja, cubriendo el acabado del tejado para terminar con la reconocida, agradecida y todavía actual teja árabe.

Muchos nos hemos preguntado por qué en las casas de antes, las de nuestros bisabuelos y tatarabuelos construidas allá por el s.XIX  ¿Por qué para entrar en estas casas había que bajar unos cuantos escalones aunque estuviesen construidas en suelos llanos?

Tanto los suelos de los pajares, paneras y casas, sin cimentar, se escavaban para sacar la tierra con la que construir el tapial, las paredes maestras más anchas en su parte baja y adelgazadas según iban tomando altura. La base de la casa asentaba en una hondonada similar a cuevas o tudas. Apenas tenían algún ventanuco, que no ventanas porque por ellas se colaba el frío y el calor y además había que"vestirlas" tapar los huecos; querían decir que era un gasto tener que comprar marcos ventanas  cuarterones...visillos, cortinas, cortinones...

Estas casas excavadas se las fabricaban los moradores,se ayudaban entre unos cuántos hombres. En ocasiones, se topaban con manantiales, y si les resultaba imposible hacer un desvío del agua, enterrar, entoñar, o controlar el manantial haciendo un pozo para el consumo, tenían que desistir de la construcción de la casa y buscarse otro sitio.