viernes, 4 de julio de 2014

Los clarines del miedo




El tropel de caballos avanza por la dehesa. Los jinetes armados con picas separan y conducen la manada escogida para la fiesta del pueblo. Siete toros negros, siete con el sobrero y cuatro cabestros de pelaje nevado. Los llevan andando, campo través, hasta el corral donde van a encerrarlos.
Ya dos días que los maletillas llegaron al pueblo, viajan a pie los caminos, de fiesta en fiesta, durmiendo a cielo raso en suelo de tierra. Se les ve delgados, de porte fino, llevan el hato a cuestas, las botas y el atuendo gastado y una carita marcada por el hambre.
A las diez de la mañana suenan los clarines, los clarines del miedo. Se abre la puerta del toril y se aproximan toros negros de rizosa testuz, de ojos cristalinos, de larga cornamenta seguida de una sombra negra…
A la madre de Víctor se le aprieta la garganta y el corazón le golpea el pecho; su hijo está ahí, ahí fuera, y no hay manera de decirle que no. Al tercer toque de clarines los astados se adueñan de la calle, el tolón tolón de los cencerros, los gritos y el alborozo de la gente, ahogan el repiqueteo de la manada  sobre el pavimento empedrado. 
Su madre no quiere verlo, tampoco puede parar por casa intuyendo, intentando adivinar, imaginando qué.  Hace oído, se asoma por la ventana del sobrau se levanta de la silla y da unos pasos recios que hacen retemblar el suelo de madera.  Se deja caer en la silla, se vuelve a levantar...  De nada ha servido todo lo que ha suplicado, que deje esa afición suya, esa afición tan grande que siente..., que un día le va a costar un disgusto..., que, ya está empezando a matarla un poco. Y a Víctor le duele su madre, le duele mucho, pero es más grande eso que le corre por dentro y que lo hace plantarse delante de los toros. Y va y viene de pueblo en pueblo, de fiesta en fiesta con los maletillas.   Y hoy, hoy toca en su pueblo.
-¡Víctor, Víctor, torero, torero…! Vocifera la gente.   

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