
Hoy es uno de esos días de luz intermitente; la claridad del día viene y va al antojo de un viento cálido de otoño que se entretiene jugando con las nubes, las trae y las lleva casi a la velocidad de un relámpago, tapa y destapa el sol en un instante como si alguien, al oscurecer, estuviera enredando con el interruptor de una lámpara eléctrica; ahora oscuro, ahora claro, con luz, sin luz...
Allá arriba, en el sobrau, el viento silba por las rendijas y se asustan los gatos y los ratones y echan carreras desorientados. Por la ventana que da al corral suben los cacareos y el alboroto de las gallinas que, empujadas por el viento, ahuecan las plumas despavoridas revoloteando dentro de "la bruja de aire" a merced del remolino.
Los hombres, en plena sementera, han echado el hato para todo el día, hay que preparar la tierra para la nueva simiente.
Los escolares disfrutan de su tarde de jueves sin clase. Con hojas de cuaderno fabrican aviones de papel que sueltan al aire y van cogiendo altura entre las risas, el alborozo y el griterío infantil que, explota por doquier, mirando cómo se elevan al cielo zigzagueando, hasta perderlos de vista. Los más pequeños, cuando dejan de ver los aviones, lloran desconsolados. Las madres cosen una hebra de hilo muy larga en sus aviones de papel, y los pequeños, persiguen alegres los hilos sabiendo que pueden controlar su vuelo.
Las hermanas Corina y Blanca, con su merienda temprana de pan y chocolate, han ido a llamar a Migue y los tres se van a buscar a Mey, y los cuatro coinciden en que hace una tarde de esas de pasarla en el sobrau.