
Hoy he vuelto a
casa, a casa de mis padres. El tiempo está parado. El polvo, aunque escaso, se
ha ido aposentando y se deja ver sobre los muebles. He abierto todas las
ventanas. La esperanza puesta en cualquier rincón donde puedan aparecer mis
padres. Los armarios intactos, con sus trajes, los zapatos, el paraguas... La
sensación de que llegarán en cualquier momento, como si hubieran salido a
pasear. Deambulo por toda la casa, me acompaña el silencio, un silencio roto
por los sonidos de mis pisadas. Todavía no he podido pronunciar -han muerto- solo
sé que por donde miro no están.
He salido al jardín, no veo las flores, ni los
rosales, la maleza se yergue frondosa y uniforme hasta el nivel de la tapia, y,
he pisoteado impotente todos los yerbajos y he vuelto a entrar en casa. El eco
resuena con mis pisadas. El silencio. Olor a nada. El reloj callado,
silencioso. El teléfono seco. Calendario ajado, tiempo sin vida. Ya no crece el
jersey enhebrado en las agujas, la lana del ovillo quieta. Enquistado el tiempo
en la casa paterna, tesoro de mi vida. Han llorado los marcos de las puertas lágrimas
de ámbar, resinas secas. Al refugio de la tenada esperan dormidos los aperos de
labranza. Y el jardín del árbol frondoso que decidió morirse con ella...
Vivir,
vivir como antaño. Sentirse despierta. La casa, mi casa, la nuestra. No quiere
estar rota, no quiere estar sola entre arañas y hormigas, que la horadan que la
rasgan, que la arañan, que la agrietan... Quiere ver el sol, sentir su calor, oler
la lluvia, humedecerse de niebla, inundarse del resplandor blanco cuando nieva,
y oler a fuego y crujir al calor de los rayos del sol y de las brasas de leña,
y contemplar la luna y contar las estrellas. Vivir, vivir como antaño, sentirse
despierta. La casa, mi casa, la nuestra. Que no sufra, que no envejezca, que la
llenen sus hijos, sus nietos, de risas nuevas, de aromas nuevos, como la misma
vida que se renueva. Mi tesoro, mi vida, mi referencia.
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Del libro Cuentos del Sobrau - Villabuena en la Memoria. Autora, la misma.
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